Valle de Arán

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El Valle de Arán
Habitantes (2009) Superficie Densidad
10.300.
633.6 km².
16,25 hab/km²

El Valle de Arán (Val d'Aran en aranés) es un valle pirenaico español situado en los Pirineos centrales, en la provincia de Lérida, limita al N y NE con Francia (Alto Garona), al S y SO con la provincia de Huesca (Alto Ésera), y al S y SE sur con las comarcas catalanas de Alta Ribagorza y Pallars Sobirá. Acoge a nueve municipios y 33 pueblos, siendo su capital la localidad de Viella, la más poblada del Valle y cabeza de partido judicial. Sus lenguas vernáculas son el aranés y el español, siendo además el catalán lengua oficial junto a las anteriores.

El origen etimológico del Valle es incierto, aunque muchos autores coinciden en señalarlo como vasco antiguo. La opinión más extendida es que proviene del eusquera arcaico "haran" o "aran", con significado de "valle". Pero "aran" significa también "ciruela" o "endrino" (Prunus spinosa), arbusto muy abundante en el Valle, con lo que "Valle de Arán" bien pudiera ser "Valle del Endrino". Tampoco se puede descartar el étimo "arrano" o "arano" (águila) [1], por el que nos estaríamos refiriendo al "Valle del Águila".

El pueblo de Unha, en el Alto Arán, ofrece vistas privilegiadas del macizo hoscense de La Maladeta y Aneto.
Los nueve municipios del Valle de Arán que administran sus 33 pueblos. El de Vielha e Mijaran es el más poblado, es cabeza de partido judicial, y aloja a la capital del Valle, Viella.

Contenido

[editar] Geografía física

Evolución del régimen pluviométrico desde 1909, según registros disponibles de las estaciones del Centre Excursionista de Catalunya y del Instituto de Estadística de Cataluña. Gráfico y cálculo de medias: AVEEV.
Evolución del régimen termométrico desde 1909, según registros disponibles de las estaciones del Centre Excursionista de Catalunya y del Instituto de Estadística de Cataluña. Gráfico y cálculo de medias: AVEEV.

El Valle de Arán está situado en la zona central del Pirineo axial, en un sinclinal que va desde el ESE en su cabecera, hacia el ONO, por donde discurre el Garona a la cuenca atlántica francesa. El río Noguera Pallaresa nace en los llanos de Beret, y tras unirse al Segre y con él al Ebro, desemboca en la cuenca mediterránea.

Geomorfológicamente, está compuesto por materiales del paleozoico (granitos hercinianos, pizarras del Silúrico y Carbonífero, y calizas del Devónico) levantados durante la orogénesis alpina que formó los grandes picos que cierran la cuenca aranesa. La posterior erosión glaciar del Cuaternario dio lugar a los circos y valles en artesa que conforman el perfil del Valle. En las zonas elevadas hay catalogados más de 200 lagos de origen glaciar. Si bien son el granito y la pizarra los materiales más abundantes, las calizas devónicas han propiciado notables fenómenos kársticos, como el afloramiento en los Uelhs deth Joeu del agua proveniente del deshielo del Aneto que desaparece en la sima del Forau de Aigualluts (por lo que podría decirse que el valle de Benasque también vierte a la cuenca atlántica). Tiene una extensión aproximada de 600 Km2, y limita:

  • Al Norte, con Francia en las sierras de La Pica, Baciver, Crabera, Nauta, Mauberme, Malh de Bolard, y Barlonguera, siendo las máximas alturas del sector los Tucs de Mauberme (2.880) y Barlonguera (2.802).
  • Al Este, con la comarca de El Pallars en las sierras de Mongós, Manrimanha, Vaquerira, Sendrosa, y Saboredo; Las mayores cotas de este límite corresponden a los Tucs de Marimanha (2.675), dera Llança (2.658) y Ratera (2.857).
  • Al Sur,con la Ribagorza en las sierras de Colomers, Tumeneja, Molar Gran, y Salenques, siendo sus máximas alturas el Gran Tuc de Colomers (2.933), Montarto (2.833), Besiberris Nord (3.015, la mayor cota del Valle), y Mulleres (3.010).
  • El cierre Oeste conforma la divisoria con el Alto Ésera, a través de la línea de La Forcanada (2.882), la Tuca de Pmero (2.705), Tuca de Bargas (2.634), y Cap de la Picada (2.596). En este punto se alcanza la frontera con Francia, que bajando por la Monjoia, Montagut, el Portillón de Bossost, y sierras Longa y Vacanera, llega hasta el Puente del Rey, siendo esta la cota más baja del Valle (590 msnm).

Su clima es templado oceánico, de características claramente atlánticas, con una oscilación térmica estacional suave y precipitaciones regulares que alcanzan los 1.000 litros por metro cuadrado de media anual, de los que más del 50% se presentan en forma de nieve en zonas como Montgarri y cabecera del valle. En Viella, la media anual de días con precipitaciones ronda los 150. La temperatura media anual es de 9,2º, siendo los veranos araneses frescos y cortos, y los inviernos largos y fríos.

[editar] División administrativa del Valle de Arán.

La Piedra de Mijaran. Se dice que alrededor de este menhir de 240 cm de altura, y a pocos metros de Santa María de Mijaran, se congregaba antiguamente el Conselh.

El Valle de Arán es una comarca catalana situada en la provincia de Lérida que limita al norte con el departamento francés de Haute-Garonne, al suroeste con la comarca aragonesa de Ribagorza, al sur con la catalana de Alta Ribagorza y al este con la también catalana de Pallars Sobirá. Su capital es la villa de Vielha que, a su vez, es también capital del municipio de Vielha e Mijaran. Administrativamente hablando, la organización del Valle está formada por nueve municipios: Arres, Bausen, Bossòts, Las Bordas, Canejan, Les, Naut Aran, Vielha e Mijaran y Vilamós. Los nueve municipios del Valle de Arán agrupan a un total de 33 poblaciones, entre villas y pueblos, siendo el número total de habitantes, según el censo realizado en 2008, de 10.295, con una densidad de 16,2 habitantes por kilómetro cuadrado.

Siguiendo el sentido este-oeste, el primer municipio es el de Naut Aran, o Alto Arán. Se formó en el año 1967 por la fusión de varios municipios y sus entidades de población son Artíes, Salardú, Gessa, Tredòs, Bagergue, Unha, Garós, Montgarri y Baqueira. El municipio está dividido en dos terçóns, que son utilizados como circunscripciones territoriales para las elecciones: Pujoló, que engloba a las poblaciones de Salardú, Gessa, Tredòs, Bagergue y Baqueira; y Arties e Garòs, donde se circunscriben ambas poblaciones. Naut Aran, con 248,9 km2, es el mayor municipio de todo el Valle de Arán. Dentro de su término, en el Pla de Beret, se halla el Uelh deth Garona, lugar tradicionalmente aceptado como nacimiento del río franco-español; a pesar de ello, parece más adecuado considerar como auténtica fuente al circo de Saburedo, donde nace el río Ruda a 2.350 msnm, para llegar tras 12 Km de recorrido al Pont deth Ressèc (confluencia con el Aiguamog). Aquí se junta con el desagüe del Uelh deth Garona (tres Km escasos desde el Uelh al Pont). Últimamente ha cobrado fuerza la opinión de que el Garona nace a los pies del mismísimo Aneto, escondiéndose por el Forau des Aigualluts para volver a salir a la superficie por Uelths deth Joeu, en la Artiga de Lin; Sin embargo, la menor altura de Aigualluts (2.000) que la de Saboredo, y el menor recorrido (11,5 Km) de este curso que el del Ruda no parecen justificar esta tesis. Además de los mencionados Ruda -o Garona de Ruda- y Aiguamòg, la cabecera del río Noguera-Pallaresa, en el Pla de Beret, y el valle de Montgarri, con el despoblado del mismo nombre, pertenecen así mismo al Alto Arán. La capital del municipio es Salardú, con una población aproximada de cuatrocientos habitantes. El municipio de Naut Aran tenía un censo de 1.740 habitantes en el año 2009. Dentro del municipio, se hallan también el Tuc de Maubèrme (2.880 m), el Tuc Barlonguèra (2.802 m), el Tuc de Bacivèr (2.644 m), el Tuc Gran de Sendrosa (2.703) o el Montardo (2.833 m), así como los lagos del circo de Saboredo o los del circo de Colomers.

El municipio de Vielha e Mijaran se formó en el año 1970 por la fusión de Arròs, Aubèrt, Betlan, Batren, Casarilh, Casau, Escunhau, Gaussac, Mont, Montcorbau, Vielha, Vila y Vilac. Se trata del municipio del Valle de Arán con mayor número de habitantes: 5.710 habitantes, en una extensión de 211,74 km2. El municipio está dentro de los terçóns de Marcatosa, en la parte norte, y Castièro, en el sur. Vielha e Mijaran es la capital de la comarca leridana del Valle de Arán y también es cabeza de partido judicial. De todas las poblaciones que engloba, Vielha, la cabeza del municipio, es la que más habitantes tiene: 3.156. Se trata del principal centro turístico y comercial del Valle por la amplia gama de establecimientos hoteleros y restaurantes con que cuenta. Posee una central hidroeléctrica que fue inaugurada en 1947 y numeroso prados agrícolas y ganaderos. Tradicionalmente se celebraban hasta tres ferias de ganado anuales; hoy en día, no obstante, solamente se celebra una el día 8 de octubre. Como lugares de interés dentro del municipio, la iglesia de Sant Miquèu de Vielha, románica y gótica, la de Sant Pere de Escunhau, del siglo XII, o la de Sant Esteve de Betren, de estilos románico y gótico, son los más importantes, aunque también cabría citar el Musèu dera Vale d’Aran, ubicado en la Tor deth Generau Martinhon (siglo XVII), o la Fabrica dera Lana, del siglo XIX, ambos edificios en la villa de Vielha.

Las Bordas o Es Bòrdes es otro municipio del Valle de Arán, en este caso perteneciente al terçón de Lairissa. Constituido de manera oficial en el año 1982, está situado en la confluencia de dos ríos: el Garona y el Joèu (el considerado por algunos como el auténtico río Garona). Dentro de su término se hallan las poblaciones de Es Bòrdes, Benós, Begós y Arró. Tiene una extensión de 21,67 km2 y 247 habitantes. La cima principal de este municipio se halla en el Tuc dera Entecada (2.267 m). Como edificios de interés están la iglesia de la Mair de Diu deth Roser en Las Bordas, de 1806; o las de Sant Martin en Benós, de origen románico, la de Sant Ròc en Begós, también románica, y la de Sant Martin en Arró, igualmente románica. También son de destacar los restos del santuario de la Artiga de Lin, muy en los límites con el término municipal de Vielha e Mijaran, que pertenecía a los pueblos de Betlan, Aubèrt y Vilac. En la población de Las Bordas existió en su día la fortificación de Castèth Leon, construida en el año 1283 por el senescal de Toulouse Eustaquio de Beaumarchais, en la época en la que el reino de Philippe III de Francia invadió y ocupó el Valle de Arán dentro de su pretendida Cruzada contra un excomulgado Pedro III el Grande, rey de Aragón y conde de Barcelona.

Un poco más hacia el oeste, está el municipio de Vilamós, también en Lairissa. Tiene una superficie de 15,39 km2 y una población total de 174 habitantes en 2009. Lo constituyen las poblaciones de Vilamós y Era Bordeta. Como elementos de interés, están la capilla de Sant Miquel, del siglo XI (la iglesia más antigua de todo el Valle de Arán), y la iglesia parroquial de Santa María, de los siglos XI y XII.

El municipio de Arrés, de poco más de 11 km2 y 68 habitantes en 2009, tiene dos entidades de población: Arrés de Jos y Arrés de Sus. La iglesia de Sant Fabiàn y la de Sant Joan, ambas de estilo románico, son sus edificios de mayor interés. Pertenece también al terçón de Lairissa.

Bossòst, situado en el terçón de Quatre Locs, tiene una extensión de 18 km2 y una población de 1.219 habitantes en 2009. Como entidades de población del municipio, se encuentra únicamente la población de Bossòst, una población que históricamente ha sido la más importante del Valle de Arán, tanto política como económicamente hablando. Hoy en día, Bossòts mantiene una industria transformadora de madera y un aserradero, así como una central hidroeléctrica. Como edificios importantes, se puede citar la iglesia románica d’Era Assumpcion de Maria, del siglo XII, y los restos de una construcción medieval llamada era Castèra que defendía el territorio del Valle de Arán en su frontera norte.

Más al norte, y en el mismo terçón de Quate Locs, se encuentra el municipio de Les, formado por la población del mismo nombre. Les ostenta el título de Baronía. Tiene una extensión de 23 km2 y 673 habitantes en 2009. La capilla de Sant Blai, del siglo XII, donde descansa el último descendiente de los Barones de Les, eth Casteth y la iglesia de Sant Joan Baptista, de los siglos XVIII y XIX, son sus edificios más emblemáticos. Les es conocido por su tradicional fiesta de l’Haro, celebrada en la noche de San Juan.

Bausen es otro municipio del terçón de Quate Locs formado por la fusión de las poblaciones de Bausen, Pontaut y eth Pònt de Rei (actualmente despoblado). El municipio dispone de una central hidroeléctrica. La iglesia de Sant Pèir, del siglo XVII, es su edificio más conocido. Bausen tiene una extensión de 17 km2 y 70 habitantes en 2009.

Finalmente, Canejan, en el mismo terçón está formado por las poblaciones de Bordius, Campespín y era Cassenhau (estas tres, despobladas hoy en día), además de Canejan, Moron e era Mòla, Pontaut, Porcingles, eth Pradet y Sant Joan de Toran. Tiene una extensión de 48 km2 y 104 habitantes. El municipio está situado en el valle de Toran y se extiende desde la margen derecha del río Garona hasta las minas de Liat. El pueblo de Canejan está ubicado a 906 m. de altitud y es el más septentrional y más cercano a Francia. Importantes edificaciones son la Casa Saurat, del siglo XIV, y la Casa Benosa, de estilo románico, así como la iglesia parroquial de Sant Joan d’Agost, del siglo XIX.

[editar] Es terçóns.

Desde la época en que don Jaime II, rey de Aragón, de Valencia, de Córcega y Cerdeña y conde de Barcelona, concedió a los habitantes de Arán el privilegio de la Querimonia (año 1313) y estableció al Conselh Generau d’Aran como su órgano de gobierno, el territorio del Valle de Arán pasó a dividirse en terçóns, siendo que cada uno de ellos había de tener su representante propio dentro del Conselh. Inicialmente fueron tres las demarcaciones creadas (de ahí el vocablo terçón o tercio), los cuales eran: Naut Aran (Alto Arán), Mijaran (Medio Arán) y Baish Aran (Bajo Arán). Posteriormente, ya en el siglo XVI, cada terçón se subdividió en dos: de Naut Aran salieron Arties (hoy, Arties e Garòs) y Pujoló; de Mijaran, Castièro y Marcatosa; y de Baih Aran, Lairissa y Quatre Lòcs, que es como queda hoy en día divida la comarca.


En el año 1833, el ministro de la Gobernación, don Javier de Burgos, dentro del proyecto liberal de restructuración política y administrativa del país, estableció una nueva división provincial del reino de España. Según ésta, el Valle de Arán quedó integrado dentro la provincia de Lérida, se suprimieron los privilegios araneses (la Querimonia), así como la división territorial en terçóns, siendo éstos sustituidos por los municipios anteriormente señalados.


Posteriormente, en 1978 se constituyó una asociación llamada Es Terçóns, de ideología socialdemócrata, que reclamaba a los ponentes del Estatuto de Autonomía de Cataluña el reconocimiento de la historia aranesa y su singularidad política. En 1990, con la Ley 16/1990 sobre el régimen especial del Valle de Arán, fue restituida la antigua estructura administrativa de la comarca y el Conselh Generau d’Aran se constituyó oficialmente como órgano de gobierno autónomo del Valle de Arán a partir de las elecciones del año 1991. Esta nueva estructura administrativa se superponía a la municipal y cada uno de los seis terçóns elegía un número de consejeros (en catalán, consellers), según el número de los habitantes de cada terçón, para formar el gobierno autónomo, con el Síndic d’Aran como presidente del Conselh.

[editar] Historia

[editar] Época prerromana y romanización

División francesa en época de Julio César.
Garumni y Aeranosi, los primeros habitantes.
Mapa de Luís Fraga da Silva con los diferentes grupos ligüísticos de la Península.
Martirio de San Saturnino, arrastrado por un toro. Jacobus de Voragine, Legenda aurea (traduction de Jean de Vignay), France, Paris, XIVe siècle, Richard de Montbaston.
Estatua del escultor Juan porcel representando al rey visigodo Eurico. Su reinado coincidió con la caída del último emperador romano de Occidente, Rómulo Agusto, en 476. Comenzaba la Edad Media. Plaza de Oriente, Madrid.
El rey de los francos Clodoveo, según Eugène Viollet-le-Duc.

No hay certeza sobre el origen de los pobladores del Valle, aunque se cree que las poblaciones íberas ya estaban asentadas en los valles pirenaicos antes de las primeras invasiones celtas de la Edad del Hierro. Bosch Gimpera sostiene que entre 900 y 800 años a. de J. C. los celtas se extendieron por el N del Pirineo llegando hasta el Noreste de la Península, entrando en contacto con los vascones de Aquitania. Existe la convicción de que los aquitanos de la época romana hablaban una lengua que se conoce en nuestros días como “vasco arcaico”, como parecen demostrar multitud de topónimos de apariencia protovasca en toda la región pirenaica francesa y española (Achille Luchaire, Caro Baroja). En el caso del Valle de Arán encontramos topónimos de claro origen vascuence: su propio nombre “arán” (valle), Montgarri, (monte de trigo) Arrós (barranco)… Más llamativo aún resultó el encuentro en Escuñau en el S. XIX de una estela funeraria de época romana datada en el S. I, con las inscripciones “ILURBERRIXO ANDEREXO”, antropónimos o nombres de deidades de evidente formación vasca. A pesar del aislamiento forzado por lo abrupto del terreno, el contacto a través de los siglos entre íberos, aquitanos, celtas, y muy especialmente romanos, determinó con toda probabilidad la idiosincrasia de los primeros araneses de los que tenemos conocimiento. Una de las primeras noticias de las que tenemos constancia, nos la da el gran historiador griego Polibio, en el tercer libro de sus “Historias” (150 A.C.) cuando refiere el paso de Anibal desde la Península a Roma, atravesando los Pirineos y los Alpes:

καὶ διαβὰς τὸν Ἴβηρα ποταμὸν κατεστρέφετο τό τε τῶν Ἰλουργητῶν ἔθνος καὶ Βαργουσίων ἔτι δὲ τοὺς Αἰρηνοσίους καὶ τοὺς Ἀνδοσίνους μέχρι τῆς προσαγορευομένης Πυρήνης:

Solucionados estos asuntos durante el invierno, y habiendo asegurado su situación en Libia e Iberia, sacó a su ejército el día señalado, compuesto de 90.000 infantes y 12.000 caballos. Pasado el Ebro, sometió los ilergetes, bargusios, airenosinos y los andosinos, pueblos que se extienden hasta los Pirineos.

Parece ser que con estos nombres se refería a los habitantes entre el Ebro y el Bajo Urgel (ilergetes), Alto Llobregat (bargusios), Valle de Arán y Alta ribagorza (airenosinos), y Andorra (andosinos).

En el año 51 A.C. Julio César confirma el origen aquitano de los araneses, en el prólogo de su Guerra de las Galias: “Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum lingua Celtae, nostra Galli appellantur. Hi omnes lingua, institutis, legibus inter se differunt. Gallos ab Aquitanis Garumna flumen dividit.” (La Galia entera se ha dividido en tres partes, una de las cuales la ocupan los Belgas,otra los Aquitanos, la tercera los que se llaman Celtas en su propia lengua, Galos en la nuestra. Todos estos se diferencian entre ellos en la lengua, las instituciones, las leyes. El río Garona separa a los Galos de los Aquitanos).

Más adelante, y en la misma obra, el caudillo romano menciona a los “garunni” en su De bello Gallico, III, 27, explicando cómo este y otros pueblos pirenaicos se rindieron a Craso. Estos garumni o garunos parece que eran los habitantes del Valle, cuya capital fue probablemente Salardunum (Salardú): Hac audita pugna maxima pars Aquitaniae sese Crasso dedidit obsidesque ultro misit; quo in numero fuerunt Tarbelli, Bigerriones, Ptianii, Vocates, Tarusates, Elusates, Gates, Ausci, Garumni, Sibusates, Cocosates.

Así pues, la romanización de esta comarca fue temprana. Algunos autores datan este proceso alrededor de año 60 a.c. con el general Marco Licinio Craso, a quien se atribuye la fundación de las termas de Luchón, Les y Artíes. Y con el Impero llegó la cristianización siglos despues. Parece ser que esta se materializó gracias a los discípulos de Saturnino de Tolosa, hacia el 250 d.c. santo de gran devoción en toda esta zona pirenaica, como demuestra la abundancia de parroquias acogidas a su advocación. El legado del cristianismo en el Valle, representado especialmente por la arquitectura religiosa, será tratado en otra sección del presente artículo.

En el 475 el Imperio Romano concedió al caudillo visigodo Eurico el Reino de Tolosa, que llegó a ser el más poderoso e influyente de Europa, para defender los intereses del Imperio contra la amenaza de los francos. Dicho rey mantuvo su dominio en estas tierras pirenaicas hasta que sus sucesor, Alarico II fue derrotado por el rey de los francos Clodoveo en la batalla de Vouillé (507). Quizá a esta época pertenezca el episodio bélico que Bertrans Solsona menciona y sitúa en el "Coll dels Alemanys", en el Portillón de Bossost [2]. Nada sabemos de este misterioso collado, pero es probable que no sea otro que el pintoresco Collado de Toro; el origen etimológico de este topónimo es "sin duda" para Jesús Martín de las Pueblas Rodríguez, "Collis Gothorum", precisamente, "collado de los Godos" [3].

Es poco lo que conocemos de los antiguos araneses, y aún este conocimiento se apoya más en conjeturas y deducciones que en evidencias. El aislamiento al que se han visto sometidos hasta prácticamente mediados del S XX, debido a lo inaccesible del Valle, es en gran parte causa de este desconocimiento. Por contra, este mismo enclaustramiento ha permitido conocer ahora costumbres antiquísimas que aún hoy perduran en buena parte entre los habitantes de este rincón pirenaico. Como veremos más adelante al referirnos a la querimonia, los araneses han sido siempre celosos guardianes de sus usos y costumbres.

[editar] El Valle de Arán en la Edad Media.

Mapa de Ptolomeo.
El Valle de Arán.
Según algunos autores,[4] la primera referencia acerca del Valle de Arán que aparece en las fuentes literarias de la Alta Edad Media se encuentra en la Crónica II de Alaón y en la Crónica de Alaón renovada (ediciones Abadal, Catalunya Carolingia, II). En dichas crónicas se cuenta que en época del conde Bernardo, su hermano Ato detentaba las sedes episcopales de “Ripacurcia et Aran et Paliaris et Superarbi”, es decir, Ribagorza, Arán, Pallars y Sobrarbe. En plena época feudal, “detentar” una sede episcopal era tanto como decir que se era propietario de todo el territorio que abarcara dicha sede puesto que la Iglesia, al igual que la nobleza y la aristocracia, actuaba a modo de gran propietario feudal y tenía personas dependientes bajo su patrocinio que trabajaban las tierras obteniendo a cambio su protección. El tal Ato era hermano del conde Bernardo de Ribagorza (916-950).

Ribagorza, al igual que Pallars, eran territorios de muy reducidas proporciones. El primero estaba comprendido entre los valles de los ríos Noguera-Ribagorzana –que nace en el macizo de la Maladeta-, Ésera -en el valle de Benasque- e Isábena, hasta el límite que formaban los territorios musulmanes en las inmediaciones de las actuales poblaciones oscenses de Graus, Benabarre y Montañana; Pallars, desde la cuenca alta del río Noguera-Pallaresa -que nace en las planicies de Beret, muy cerca del actualmente despoblado Montgarri- ocupaba los valles de Aneu, Cardós y Farrera, haciendo frontera con el condado de Urgel por el este, el de Ribagorza por el oeste y con la Taifa musulmana de Larida, por el sur. Tanto Ribagorza como Pallars, difíciles de acceder desde el lado de la península porque no los atravesaba ninguna calzada romana, habían sido conquistados, a finales del siglo VIII, por el conde Guillaume I de Toulouse, personaje emparentado con la familia de Carlomagno y conquistador de los territorios de la Gothia y la Septimania durante la convulsa época en que los francos crearon al sur de los Pirineos la, por ellos llamada, Marca Hispánica (finales del siglo VIII y comienzos del IX), además de ser el padre del primer conde que tuvo Barcelona y que se llamó Bero.

La creación del Imperio Franco.
Carlomagno
Los condados de Ribagorza y Pallars estuvieron, al principio, regidos por los condes de Toulouse. Luego, cuando fue creado el condado carolingio de Aragón, a principios del IX, pasaron a depender de éste bajo el gobierno del franco Aznar Galindo (809-824), para recaer a mediados de siglo otra vez bajo el poder de los condes de Toulouse. Fue el conde Raimundo I, hijo del conde Loup de Bigorre, quien en 872 proclamó la independencia de Ribagorza y Pallars con respecto al condado franco de Toulouse. Raimundo I de Pallars-Ribagorza emparentó a su hermana Daldidis con el pamplonés García Jiménez, de la dinastía Jimena. Tuvo cinco hijos: Bernardo, Mirón, Ato, Isarno y Lupo. Al morir en 920, sus dominios se repartieron entre sus hijos: Bernardo y Mirón recibieron Ribagorza; Isarno y Lupo, Pallars. Ato quedó siendo obispo de las sedes anteriormente expuestas. Es, por tanto, un hecho que para esta fecha el Valle de Arán pertenecía bien al condado de Ribagorza o bien al de Pallars, pero ya no estaba bajo la influencia de ningún condado franco.

En otros fragmentos de dichas crónicas se dice que los antecesores del conde Guillermo Isarno, de la línea sucesoria de Bernardo de Ribagorza, habían poseído Arán, con lo cual éste esperaba heredarlo conforme a la ley. Pero en el año 1017, el conde Guillermo Isarno murió combatiendo en una expedición llevada a cabo contra los pobladores araneses que, probablemente, se mostraran contrarios a ser gobernados por aquél. De ser ciertas estas noticias, habría que convenir que, durante al menos la segunda mitad del siglo X, y bajo los gobiernos de los condes Raimundo II e Isarno, abuelo y padre respectivamente de Guillermo Isarno, la comarca de Arán habría estado bajo el poder del condado de Ribagorza. Luego, en los primeros años del siglo XI, sus pobladores habrían pretendido independizarse y por eso se batieron contra Guillermo Isarno. Al morir Guillermo Isarno, sobre el condado de Ribagorza se lanzaron los musulmanes de la Taifa de Saraqusta y se apoderaron de todo el sur y el centro del mismo, pero el rey de Pamplona, Sancho el Mayor (1005-1035) ocupó las cuencas medias de los ríos Ésesa e Isábena y se lo arrebató a los musulmanes. El norte del condado sería ocupado por el conde Raimundo III de Pallars, primo hermano de Guillermo Isarno, el cual alegaba también los derechos de su esposa doña Mayor de Castilla.

  • EL REINO DE ARAGÓN.
El reino de Sancho el Mayor de Pamplona.

El rey Sancho Garcés III de Pamplona (1005-1035), también conocido como Sancho el Mayor, inició su reinado en pleno período de disgregación de Al-Andalus en los diferentes reinos de taifas y está considerado por muchos historiadores como el monarca más importante e influyente de su época, porque fue el precursor de las monarquías de León, Castilla y Aragón. En las comarcas de la vertiente sur de los Pirineos su labor fue enorme, pues consiguió también ampliar sus dominios hasta los condados de Ribagorza y Sobrarbe, éste último arrebatándoselo a la musulmana taifa de Zaragoza. Incluso, ejerció plena autoridad sobre el ducado franco de Gascuña, al que consiguió convertir en feudatario del reino de Pamplona, así como sobre el territorio situado al norte del río Bidasoa, donde creó un vizcondado.

Sancho el Mayor de Pamplona murió en el año 1035, un año después de haber entrado victorioso en León. Su reino, el de Pamplona-Nájera, abarcaba desde el antiguo condado de Ribagorza hasta las inmediaciones del reino de Galicia, y, lógicamente, tras su muerte llegaron los problemas. De su matrimonio con doña Munia de Castilla, hija del conde Sancho García de Castilla (995-1017), Sancho el Mayor tuvo cuatro hijos (García, Fernando, Gonzalo y Bernardo) y una hija (Jimena). Su primogénito García (García III Sánchez, el de Nájera, 1035-1054) recibió un reino de Pamplona considerablemente aumentado por la zona occidental (la Bureba, la Vétula Castilla, el condado de Álava y los señoríos de Vizcaya y Guipúzcoa); Fernando (Fernando I de León y Castilla, 1037-1065) heredó un mermado condado de Castilla; y Gonzalo, por su parte, con título de rex, adquirió los condados de Sobrarbe y de Ribagorza. Pero Sancho tenía otro hijo, el mayor de todos, que era bastardo porque había nacido de sus relaciones con Sancha de Aibar antes de casarse con doña Munia: se trataba de Ramiro. Éste, había llevado el título de regulus, el título que los reyes pamploneses daban a sus hijos que gobernaban la parte oriental del reino, es decir, el condado de Aragón, hasta el nacimiento del primogénito legítimo, que era García.

A García III Sánchez, el de Nájera, sucesor de Sancho el Mayor, le correspondió la tarea de ejercer la soberanía sobre los territorios de Castilla, Aragón, Ribagorza y Sobrarbe, pero mantuvo disputas con dos de sus hermanos, Fernando y Ramiro, los cuales pretendieron reclamar como reinos los condados de Castilla y de Aragón, respectivamente. Fernando, al poco tiempo de obtener el cargo de de conde de Castilla, se batió contra su cuñado el rey Bermudo III de León, le venció en la batalla de Tamarón (1037) y se convirtió en rey de León con el nombre de Fernando I. Después, por unos territorios de Castilla que formaban parte del reino de Pamplona, entró en guerra con su hermano García y también le venció (Atapuerca, 1054), anexionándose para su reino leonés los territorios castellanos disputados. Sancho IV Garcés el de Peñalén (1054-1076), hijo del rey pamplonés, se convirtió en el nuevo rey de Pamplona.

Ramiro, por su parte, cuyas relaciones personales el de Nájera nunca habían sido buenas, regía los territorios del condado de Aragón bajo la potestas regia de su hermano. Para convertir en reino el antiguo condado de Aragón tenía, en primer lugar, que romper su vínculo de fidelidad con la rama legítima de su padre que, en aquel momento, representaba el rey Sancho IV Garcés el de Peñalén. Su principal política consistió en intentar un reconocimiento papal, así como en aumentar sus dependencias territoriales. Su matrimonio con Gilberga de Foix (1036), hija de Bernand Roger, señor de Foix y conde de Carcassone, Couserans y Bigorre, le ayudó considerablemente en estos menesteres. Gilberga, más tarde, se cambiaría el nombre por el de Ermesinda y fue un buen partido para Ramiro, puesto que le aportó en dote un buen número de castillos y zonas enclavadas en diferentes lugares de los Pirineos, a añadir a su ya amplio territorio que se extendía hasta las márgenes del río Gállego. Luego, murió su hermanastro Gonzalo (1038) y Ramiro usurpó sus derechos y los de sus descendientes y se hizo con el control de Sobrarbe y Ribagorza. Negoció también con su sobrino el de Peñalén el territorio de Sangüesa, con lo que sus territorios se ampliaron considerablemente. Acordó el matrimonio de su hija Sancha con Armengol III de Urgell y de la hija del propio conde urgelino con su hijo Sancho Ramírez, y estableció una sólida alianza entre el futuro reino de Aragón y el condado de Urgel. Ramiro, en fin, no ejerció como rey de Aragón, pero ejerció quasi pro rege, y en bailía de Dios y de sus santos. Finalmente, asaltando en el año 1069 la fortaleza de Graus, que se hallaba en poder del rey al-Muqtadir de Zaragoza, Ramiro perdió la vida y su hijo Sancho Ramírez se convirtió en el primer rey de Aragón.

  • LOS PRIMEROS REYES DE ARAGÓN.

Los tres hijos primogénitos respectivos de Ramiro, García y Fernando (que, a su vez, eran los hijos de Sancho el Mayor) se llamaron Sancho, como su abuelo, y pasaron a la historia como los tres Sanchos. Los tres primos, Sancho II Fernández de Castilla y León el Fuerte (1065-1072), Sancho IV Garcés de Pamplona el de Peñalén, (1054-1076) y Sancho Ramírez I de Aragón (1063-1094), se enfrentaron entre ellos y la hegemonía del reino de Pamplona sobre el norte de la península vio su final. La guerra entre los tres Sanchos, que se libró durante varios años, y en la que también tomó parte el Cid Campeador, solo finalizó cuando se produjo el regicidio de Peñalén, un término pamplonés situado en el actual municipio de Funes (Navarra) en el que los propios hermanos del rey Sancho IV de Pamplona arrojaron a éste por un barranco un día de caza de 1076. Las consecuencias que tuvo este fratricidio para el reino de Pamplona fueron desastrosas porque la rápida presencia de las tropas de Alfonso VI el Bravo y de Sancho Ramírez I hizo que los grupos nobiliarios del reino se decantaran por uno u otro bando. Los linajes nobiliarios de Vizcaya y Álava apoyaron a los castellanos, mientras que los pamploneses lo hicieron al reino de Aragón. Así, el condado de Álava, los señoríos de Vizcaya y Guipúzcoa, los territorios riojanos y la zona de Calahorra, quedaron en los dominios del rey castellano-leonés. Las tierras del antiguo reino de Pamplona quedaron bajo la autoridad de Sancho Ramírez, el cual se tituló a sí mismo Sancius gratia Dei rex Aragonensium et Pampilunensium.

Sancho Ramírez I de Aragón y Pamplona, que junto con el conde Armengol III de Urgell había logrado conquistar, aunque de manera efímera, la ciudad musulmana de Barbastro en 1064 y, cuatro años más tarde, su reducido reino aragonés había obtenido el reconocimiento de la Santa Sede, al morir el de Peñalén vio libre su vía de actuación sobre la taifa zaragozana de al-Muqtadir. Éste último murió en 1081 y su reino se dividió entre sus dos hijos (al-Mutaman, que se quedó con la taifa de Zaragoza, y al-Mundir, que créo otra taifa, la de Lérida), que enseguida entraron en disputa. Pero la situación, ya de por sí favorable para Sancho Ramírez, aún evolucionó más a su favor en 1086, cuando se produjo la invasión almorávide y su primo, Alfonso VI de León-Castilla, solicitó su colaboración. El rey aragonés y su hijo, el infante don Pedro, no dudaron en romper las líneas del frente e iniciar un decidido avance hacia las apetecibles tierras de llanura regadas por el río Ebro, dando comienzo un serio proceso reconquistador en la parte este de la península.

Pedro I de Aragón y Pamplona nació del matrimonio de Sancho Ramírez y su esposa Isabel, hija del conde Armengol III de Urgel. Desde el año 1085 gobernaba como rey asociado al trono sobre Sobrarbe y Ribagorza, y en 1089 lo hizo sobre Monzón. Al morir su padre se convirtió en rey de Aragón y de Pamplona. Durante su reinado, Aragón se expandió por las zonas oriental y central, llegando hasta los Monegros. Logró conquistar Huesca a finales de 1096, en lo que fue su principal gesta y que bien sabe resaltar la Crónica de San Juan de la Peña. Combatió al lado del Cid en su lucha contra los almorávides cuando éstos pretendían reconquistar Valencia. Después, en el año 1100 tomó definitivamente la ciudad musulmana de Barbastro, que era la llave de acceso a toda la vega del río Cinca y a sus poblaciones. También intentó tomar Zaragoza, aunque no lo consiguió. Contrajo matrimonio con Agnes de Aquitania, hija del duque Guillaume VIII de Aquitania y conde de Poitou, en Jaca en el año 1086, y de ese matrimonio nacieron el infante don Pedro y la infanta doña Inés de Aragón y Pamplona, pero ambos murieron antes que el propio rey. De su segundo matrimonio no tuvo descendencia. La Crónica de San Juan de la Peña, en su versión aragonesa, asegura que el rey murió en las III calendas de octubre a los 35 años y que fue enterrado en el monasterio de San Juan de la Peña. Por su parte, la Crónica de Alaón renovada asegura que el rey don Pedro ex propria migratione mortuo in Aran, aunque sin especificar en qué circunstancias.


  • ALFONSO I "EL BATALLADOR" Y EL VALLE DE ARÁN.

Alfonso I el Batallador [5], rey de Aragón y Pamplona entre los años 1104 y 1134, sucedió a su hermano, don Pedro I. Fue hijo de Sancho Ramírez I de Aragón y su segunda esposa, Felicie de Ramerupt. Contrajo matrimonio con doña Urraca de León y Castilla [6] en 1109, en lo que fue un primer intento de unión de la corona castellano-leonesa con la aragonesa, pero ese primitivo proyecto fracasó con la separación de ambos cónyuges en 1114. Su principal objetivo durante los primeros años de su reinado fue, sin duda alguna, terminar la labor iniciada en su día por su padre y su hermanastro de conquistar en su totalidad las tierras del valle del Ebro y tomar Zaragoza, capital de la taifa musulmana [7]. Esto lo consiguió en el año 1118 tras un larguísimo asedio que duró todo un crudo invierno [8]. Gracias a la numerosa clientela política de que disponía al otro lado de los Pirineos, a su ejército se unieron gran cantidad de señores francos y aquitanos, con sus ejércitos privados y con importantes equipamientos de asedio y derribo. Entre ellos destacó el caballero cruzado Gastón IV, vizconde de Bearne, amigo personal del propio monarca aragonés.

El Imperio almorávide.
Taifa de Zaragoza durante el reinado de al-Mustain.
Los ejércitos musulmanes almorávides sufrieron, durante la década de 1120, las correrías del ejército cristiano de Alfonso I el Batallador por toda la zona del Levante peninsular y por toda la actual Andalucía hasta la ciudad de Córdoba. Su objetivo de estas campañas era rescatar al mayor número posible de mozárabes para repoblar con ellos las tierras conquistadas por toda la vega del río Ebro. Los intentos del rey de Castilla y León, don Alfonso VII (1126-1157), de recuperar algunos territorios considerados castellanos, pero que habían caído en manos aragonesas, enfrentó a los dos reinos cristianos hasta que en el año 1128 firmaron la paz mediante el Tratado de Támara. Pero don Alfonso el Batallador disponía de muchos contactos al otro lado de los Pirineos como consecuencia, sobre todo, de las políticas matrimoniales de sus antecesores. Su padre, Sancho Ramírez I (1063-1094), había contraído matrimonio, en segundas nupcias, con Felicie de Ramerupt, la cual era hija del conde de Montdidier y de Roucy, así como señor de Ramerupt. Su abuelo, don Ramiro I (1035-1063) se casó, en primeras nupcias con Gerberge de Foix, hija del conde de Foix, Cousserans y Bigorre, que más tarde se cambió el nombre por Ermesinda; después, en segundas, lo hizo con Agnes, hija del duque Guillaume VI de Aquitania. El rey Sancho el Mayor de Pamplona, bisabuelo del Batallador, si bien no contrajo matrimonio más que con doña Munia de Castilla, hija del conde Sancho García de Castilla (995-1017), ejerció, no obstante, una fuerte autoridad sobre el ducado de Gascuña, cuya nobleza estaba emparentada con los reyes pamploneses desde finales del siglo IX.
Francia en el año 1030
Por otro lado, el conde Bertrand de Toulouse (1105-1112) había solicitado al Batallador protección para su condado cuando en el año 1108 marchó de Cruzada para conquistar Trípoli, cosa que logró hacer y se convirtió en conde de Trípoli. Lo mismo había hecho en 1112 el vizconde Bernard Aton de Béziers, Agde y Carcassonne (1099-1129). Con posterioridad, en un concilio celebrado en Toulouse en el año 1118 al que asistieron numerosos prelados francos, entre ellos los de Arlés y Auch, así como otros procedentes de Pamplona y de Aragón, se concedió carácter de Cruzada a todas aquellas expediciones que fuera a llevar a cabo el Batallador contra los musulmanes en los territorios cercanos. En 1129, don Alfonso I trató de conquistar la ciudad de Valencia, en poder del ejército almorávide, y con ellos se peleó en las inmediaciones de la población de Cullera, al sur de Valencia. En ese momento, los condes de Foix y Comminges, que mantenían unas serias disputas con Guillaume X (1126-1137), duque de Aquitania y conde de Poitou, le enviaron una petición de ayuda y el Batallador acudió presto a socorrerlos. Esto ocurrió en el año 1130.
El Ducado de Aquitania.
Guillaume IX el Trovador, duque de Aquitania.
Eleanor de Aquitania.

De la campaña del Batallador por territorio franco-aquitano es de destacar el duro asedio a la ciudad de Bayona en octubre 1130, ciudad a la que concedió fuero propio. En Bayona fue donde mandó redactar, entre otros documentos, su propio testamento, por el que otorgaba el reino de Aragón a las Órdenes del Temple, del Hospital y del Santo Sepulcro conjuntamente. Pero anteriormente al sitio y toma de Bayona, Alfonso I el Batallador estuvo durante una breve temporada por las tierras del Valle de Arán, un territorio sobre el que el Batallador reinaba de manera efectiva. Así, en un documento extendido en Belsos de Aran, que se identifica con Bossots de Arán, se daba al monasterio de San Salvador de Oña el monasterio de San Pedro de Noceda. En otro, también emitido desde Bossots, se indica que el rey dio a don Ossorio las dos terceras partes de los baños de las Santas Masas de Zaragoza y los alhobces de Tierz. El hecho de que en estos documentos diplomáticos del monarca aparezca el nombre de Belsos o Bossots, así como el del mismo valle, podría ser motivo suficiente como para pensar que el monarca estuvo residiendo en el mismo durante algún tiempo, ya que en el caso contrario no se habría hecho especial mención de ello.

Lo que sí parece claro, por la abundancia de documentos que lo atestiguan, es que el Batallador reinaba en el Valle de Arán, a pesar de que tradicionalmente y, en especial, por parte de la historiografía francesa, siempre se había relacionado al territorio pirenaico como parte del condado de Comminges. Así, según un documento fechado en 1108 se asegura que Alfonso I de Aragón reinaba en Aragón, Pamplona, y en Sobrarbe y en Ribagorza y en Pallárs y en Arán. El 13 de marzo de 1130, Alfonso I ordena a sus barones de Arán a pagar unas décimas al sacerdote de Santa María de Medio Arán. En otro documento, fechado en mayo de 1130 y firmado por el conde Bernardo I Roger de Comminges, se indica que reinante Alfonso rey en Ribagorza, Aragón, Pamplona y en Arán, el año cuando el rey sitiaba Bayona. En agosto de 1130, estando ya don Alfonso en Zaidín, dio la iglesia de Santa María de Tolva a la catedral de Roda, indicando a continuación que reinaba in Bal de Aran y que un tal Arnal Guillen era tenente de Viella. Posteriormente, ya en mayo de 1131, y desde Bayona otorgó a su escribano particular unos exaricos (siervos o aparceros de origen moro) en Tudela, y lo hizo reinando en Aragón y en Pamplona, y en Arán y en Pallas y en Ribagorza. En 1132, desde Cantabria, Alfonso hizo donación en Calahorra, reinando en Aragón y en Pamplona y en Cerezo y en San Esteban y en Aran y en Sobrarbe y en Ribagorza. En 1134 hizo donación a Gallur, reinando en Aragón y en Pamplona y en Ribagorza y en Aran y en España.


  • La época de la Corona de Aragón.
La formación de la Corona de Aragón
Doña Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV de Barcelona
Los condados de Ramón Berenguer IV
La muerte de Alfonso I el Batallador y su, según algunos historiadores, disparatado testamento [9] por el que dejaba todos sus señoríos y demás dependencias bajo la autoridad única y exclusiva de las Órdenes Militares, creó una crisis institucional sin precedentes en el joven reino aragonés y, tanto la nobleza como el episcopado, tuvieron que ponerse manos a la obra para mantener las estructuras del reino. Se nombró rey al hermano del Batallador, don Ramiro II (1134-1157), apodado el Monje porque era obispo de Barbastro. Mientras tanto, en Pamplona, la nobleza había elegido rey a don García Ramírez (1134-1150), restaurando así el viejo reino de Pamplona. El reino de León y Castilla, por su parte, en manos de Alfonso VII (1111-1157), reivindicó y ocupó Zaragoza y algunas otras poblaciones del valle medio del Ebro. Y la Santa Sede apoyaba sin paliativos el testamento. Para salvar al reino de la depredación política en la que se estaba empezando a ver inmerso, Ramiro II tuvo que pactar y eligió a una potencia, el condado de Barcelona, con la que tan sólo mantenía un pequeño conflicto por las tierras musulmanas de la Taifa de Larida, para unirse dinásticamente a él y consolidar una fuerte posición política y militar en el noroeste de la península.

El 11 de agosto de 1137, Ramiro II entregó su hija, la infanta doña Petronila, de dos años de edad, al conde de Barcelona, don Ramón Berenguer IV (1131-1162), junto con todo su reino [10]. Según lo que se estipuló, Ramiro seguiría siendo rey de Aragón, el cual pasaría, por herencia, a su hija cuando él faltase, y Ramón Berenguer seguiría siendo conde de Barcelona, pero obtendría también el título de princeps de Aragón y sería el encargado de realizar las labores propias del gobierno en el Estado recién ampliado. Los hijos de ambos gobernarían un reino unitario formado por las tierras del reino de Aragón y las del condado barcelonés, y sería reyes de Aragón y condes de Barcelona al mismo tiempo. Los objetivos políticos de conquistar Lérida y expandirse hacia las fértiles tierras de Valencia se unificaron y se pusieron en práctica de manera ordenada. Ramón Berenguer hizo las paces con Alfonso VII el Emperador de León y Castilla y trató de no enemistarse con las Órdenes Militares, sobre todo con la del Temple, a la que le otorgó el diezmo de todo el reino y el quinto de las conquistas futuras. Entre 1148, Ramón Berenguer IV conquistó la taifa de Tortosa y un año después, con la ayuda del conde Armengol VI de Urgell, la de Lérida. Estas conquistas tuvieron una importancia enorme porque eran territorios de gran valor agrícola y marítimo y, además, unían físicamente el reino de Aragón y el condado de Barcelona.

Cuando murió Ramiro II, en 1157, el Valle de Arán fue reclamado por el conde Bernard I de Comminges que, ya con anterioridad, se había intitulado nobilisimo comite dominante in terra Convenarum, in Saves, in Couserans et in Aranno, con motivo de la donación de la iglesia de Saint Marcet a la Orden del Temple. El condado de Comminges estaba situado en la vertiente norte de los Pirineos franceses haciendo frontera con los condados de Astarac y Toulouse al norte, el de Couserans al este, el de Bigorre al oeste y, al sur, con el Valle de Arán y el condado de Pallars. Actualmente, Comminges es una zona geográfica que no tiene entidad propia y abarca los departamentos de Ariège, Gers y la parte sur de Haute Garonne, siendo sus dos principales ciudades Saint Bertrand de Comminges (antigua Lugdunum Convenarum, fundada por Pompeyo) y Saint Gaudens. El condado de Comminges en sus orígenes fue parte del ducado de Wasconia o de Gascuña y sus condes pronto reconocieron la soberanía de los reyes francos, aunque fueron prácticamente independientes del poder central hasta comienzos del siglo XIII en que juraron fidelidad al rey Louis VIII de Francia. Y siempre estuvieron del lado de los condes de Toulouse. Los araneses, por su parte, parece que se opusieron a la soberanía que sobre el valle querían ejercer los condes de Comminges y se acogieron, de manera voluntaria, a la protección del conde Artaldo III de Pallars-Subirá. Sin embargo, aprovechando la coyuntura por la que atravesó el reino de Aragón al producirse la cesión del trono al conde de Barcelona, Bernard I ocupó las tierras de Arán, siempre con el apoyo del conde de Toulouse, y el valle pasó a formar parte del condado franco.

Durante los años del gobierno de Ramón Berenguer IV, la política ultrapirenaica de la Corona de Aragón estuvo centrada en el condado de Provenza, que pertenecía al de Barcelona desde el año 1125 en que se realizó la repartición del mismo entre las casas de Toulouse y Barcelona. Toulouse mantenía sus pretensiones sobre el mismo, alentando incluso alguna que otra revuelta, como la producida en Niza en el año 1166, y Barcelona trataba de no perder su influencia sobre aquél, que estaba gobernado por la estirpe de un hermano de Ramón Berenguer IV. Éste último logró finalmente que los señores de Béziers, Carcassonne, Narbonne y Montpellier le rindieran homenaje y, unos años después, el condado de Provenza pasó a manos de su hijo don Alfonso II el Casto.

  • Alfonso II EL CASTO (1164-1196).

El rey don Alfonso, que también tuvo por nombre Ramón Berenguer, como su padre, tomó posesión de la jefatura de los condados de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú y Cerdaña en 1162. Aunque su madre, doña Petronila, era la reina de Aragón, pronto se formó un gobierno de regencia para impedir que la teórica falta de poder favoreciera el interés de algún otro reino por convertirse en un Estado tutor, como fue el caso de la proposición realizada por parte del reino de León a través de su monarca don Fernando II (1157-1188). Las minoridades tanto de don Alfonso II de Aragón como de don Alfonso VIII de Castilla (1158-1214) fueron aprovechadas por Sancho VI el Sabio (1150-1194), el primer rey pamplonés que empezó a utilizar el título de rex Navarrae en lugar del tradicional Pampilonensium rex, que estableció varios acuerdos con las regencias de Castilla y Aragón, gracias a los cuales pudo recuperar para su reino algunos territorios. Pero en cuanto el rey castellano alcanzó la mayoría de edad en 1170, y con el apoyo de los barones aragoneses, atacó Navarra. De la nueva alianza entre Castilla y Aragón surgió el compromiso matrimonial entre don Alfonso de Aragón y doña Sancha de Castilla y Polonia, hermana del rey castellano, que se casaron en enero de 1174. En octubre de ese mismo año, la reina doña Petronila murió y don Alfonso se convirtió en rey de Aragón.

Pero durante sus años de minoría, la política ultrapirenaica aragonesa se vio influida por los acontecimientos políticos que tuvieron como protagonistas al condado de Provenza, por un lado otro, y al condado de Toulouse y al reino franco, por el otro. Con respecto al de Provenza, Barcelona mantenía una hegemonía efectiva sobre él, puesto que su jefatura la detentaban los descendientes del hermano de Ramón Berenguer IV. Cuatro años después de la muerte de éste, acaecida en 1166, hubo una sublevación nobiliaria en la ciudad de Niza y, en su asedio, murió el nuevo conde de Provenza, Ramón Berenguer II, sobrino de Ramón Berenguer IV. La jefatura del condado cayó entonces en las manos del infante don Pedro (hermano del rey don Alfonso II el Casto) que pasó a gobernar el condado con el nombre de Ramón Berenguer III, aunque siempre bajo la supervisión de su hermano, el rey aragonés. Sin embargo, las sublevaciones no cejaban, como la ocurrida en Arlés, que estuvo promovida directamente por el conde Raymond V de Toulouse que, a la sazón, era aliado natural del rey Louis VII de Francia.

El rey Louis VII de Francia (1137-1180) fue un decidido defensor de la Iglesia y de los papas reformadores
Henry II de Inglaterra (1154-1189) era hijo de Matilda de Inglaterra (heredera al trono inglés) y Geoffroy de Anjou, el Hermoso Plantagenet. Se convirtió en 1154 en rey de Inglaterra con el nombre de Henry II, con lo que acabó poseyendo un vasto territorio que abarcaba las islas Británicas (Inglaterra, Irlanda y Escocia) y, en Francia, Anjou, Maine, Normandía, Aquitania y Gascuña [11].
El asesinato de Thomas Becket
El rey capeto Louis VII se casó en 1137 con Eleanore de Aquitania, la cual fue un gran partido ya que era la hija del duque Guillaume X de Aquitania y aportó al reino franco un vasto territorio situado al suroeste de Francia. Este territorio, formado por Aquitania, Gascuña y Guyena, comprendía casi las tres cuartas partes de toda la extensión del reino. Diez años más tarde, durante la Segunda Cruzada (1147-1149), las relaciones matrimoniales se estropearon seriamente y en 1152, a instancias del papa Eugenio III (1145-1153), Louis VII consiguió la anulación de la boda. Pero Eleanore conservó todos sus dominios y, para colmo de males del rey capeto, unos meses después contrajo matrimonio con Henry, conde de Anjou y duque de Normandía. Este Henry de Anjou y Normandía, por el derecho que le confería su matrimonio con Eleanore, se convirtió también en duque de Aquitania, y dos años más tarde en rey de Inglaterra. Entre los hijos que ambos tuvieron se puede citar a Henry el Joven-Rey, Richard Couer-de-lion (o Ricardo Corazón de León), y John de Inglaterra.

Henry II mantuvo una importante controversia con el clero inglés porque no veía con buenos ojos las prerrogativas políticas que tenía la Iglesia, ya que ésta se regía por sus propias leyes y no acataba las de ninguna otra institución. En 1164, Henry II promulgó las dieciséis Constituciones de Clarendon en las que se restringían los privilegios eclesiásticos y se ponía freno al poder de la Iglesia y del Papa en el interior de Inglaterra. El Arzobispo de Canterbury, Thomas Becket, amigo personal del rey y su familia, se opuso a dichos decretos y acudió a Francia para acogerse a la protección de Louis VII. La amenaza por parte de la Santa Sede de excomulgar al reino de Inglaterra, hizo que Henry II aceptara una reconciliación con Becket, de manera que éste regresó a Inglaterra en diciembre de 1170. Pero unos días más tarde, el 29 de diciembre, el cuerpo sin vida de Thomas Becket apareció brutalmente descuartizado cerca de las escaleras de la cripta de la Catedral de Canterbury, con los sesos esparcidos por el suelo formando la frase: Let us go, this fellow will not be getting up again (“Vámonos, que este tío ya no se levanta más”). A partir de esta terrible tragedia, el rey, que ante los ojos de muchos de sus súbditos, así como de los de su propia familia, fue el responsable de la misma, decidió apartar de su lado a su esposa e hijos y los envió al Palacio de Poitiers, que era la residencia de los duques de Aquitania y de los condes de Poitou. Y aunque Henry II distribuyó títulos honoríficos entre sus hijos otorgando el ducado de Aquitania a Richard, el reino de Inglaterra, junto con Normandía y el condado de Anjou, a Henry el Joven-Rey, el ducado de Bretaña a Geoffrey o el señorío de Irlanda a John, la familia Plantagenet entró en discordia.

En marzo de 1173, aduciendo su falta de poder e instigado por los enemigos de su padre, el joven Henry se sublevó contra el rey en lo que se conoce como la "Revuelta de 1173-1174". En ella, el rey de Francia y un gran número de magnates de Normandía, Anjou, Poitou y Bretaña se unieron a él, así como sus hermanos y su madre Eleanore, la cual fue capturada por el propio Henry II y recluida durante dieciséis años en diferentes lugares de Inglaterra hasta la muerte de su esposo. Los partidarios de Henry el Joven-Rey invadieron Normandía desde todos los frentes, y hasta la propia Inglaterra fue atacada desde Escocia por William I el León, pero en todos los casos fueron derrotados por el monarca inglés, que hizo prevalecer su mejor organización militar. El conflicto terminó en septiembre de 1174 con Henry II acudiendo a Normandía para coger a sus hijos y llevarlos de vuelta a Inglaterra.


  • LA AMPARANZA ARANESA.

Ante un episodio de semejantes magnitudes, el reino de Aragón, que era aliado del rey Henry II según el testamento “verbal” que en su día hiciera Ramón Berenguer IV, puso en marcha una seria política de alianzas con los diferentes condados y señoríos del Pirineo central en su vertiente atlántica. El objetivo principal de esta política: crear una zona de influencia anglo-aragonesa tendente a envolver a Toulouse y evitar que ésta y el reino franco tuvieran opciones de controlar parte del suroeste aquitano y gascón, que pertenecían al reino de Inglaterra. Y Arán era la pieza fundamental de dicha estrategia. Este territorio, por su envidiable situación estratégica en los Pirineos centrales, podía servir a las tropas aragonesas como punto de apoyo básico para enlazar la cuenca media del Ebro con Aquitania a través de las vías romanas que seguían el curso del río Garona. Dominar Arán era dominar la cordillera pirenaica central, restaurando la unidad de la antigua Civitas Convenarum [12] que, en su día, fundara Pompeyo.

Durante los años en que Ramón Berenguer IV de Barcelona estuvo al frente del gobierno de la Corona de Aragón, y hasta que Alfonso II el Casto obtuvo la mayoría de edad, Arán estuvo en posesión del conde de Comminges. Por eso, el primer paso que tuvo que dar el rey aragonés fue ganarse la fidelidad de los propios araneses. Para ello, en una fecha que no se puede precisar, pero antes del año 1175 [13], un grupo de prohombres del Valle de Arán, posiblemente requeridos por el rey don Alfonso, después de atravesar el puerto de Viella se allegaron al ribagorzano monasterio de San Andrés de Barrabés (situado en la actual localidad leridana de Vilaller), donde los esperaba el rey. Y allí, el rey los recibió en amparanza [14]. La amparanza, o patrocinium, era un sistema de relaciones feudales según el cual un noble o patronus acogía en protección o in patrocinio a los habitantes libres de una población o de un territorio, obligándose a protegerlos y a sostenerlos, y éstos se convertían en vasallos suyos dedicando parte de su trabajo o producción en beneficio de aquél. Por medio de esta amparanza, el rey protegería a los araneses de las vejaciones y atropellos que pudieran ocasionarles otros condados vecinos, como el de Comminges, que era aliado del conde de Toulouse y, por lo tanto, enemigo del reino de Aragón. A cambio, los araneses pagarían cada año al rey un tributo de trigo por cada casa o fuego [15]. Este tributo aranés se conoce con el nombre de Galín Real, siendo el galín un recipiente de madera que se empleaba como medida de capacidad de los cereales. Por su parte, el rey, además de la protección debida, cedería la décima parte de las rentas obtenidas a la iglesia de Santa María de Medio Arán, en Viella. La formalización de este pacto de patrocinium, en realidad, conllevó la incorporación total y definitiva del Valle de Arán al reino de Aragón porque, si bien como territorio ya formaba parte del mismo, ahora los araneses habían decidido pertenecer por derecho propio a la Corona. El rey, a quien debían obediencia, era el señor del reino y, al adquirir el dominio sobre del Valle, lo utilizó para sus fines ulteriores [16]. Con esta decisión, los araneses se desmarcaban de la influencia de los condados de Comminges y de Toulouse.

Como forma de asegurar la dependencia del condado de Bigorre al reino de Aragón el rey don Alfonso donó el valle de Arán y la villa de Bordera a Centullo comiti de Bigorra et uxori vestrae… Matellae consanguineae meae…, según un documento fechado en octubre de 1175. La única condición que les ponía a ambos era que siguieran siendo sus vasallos, tanto ellos dos como sus descendientes. Matelle de Baux era la hija más pequeña de un antiguo aliado del rey Alfonso en el condado de Provenza, y había contraído matrimonio, en segundas nupcias, con Centule III, conde de Bigorre y vizconde de Marsan. La hija de ambos, Stephanie de Marsan, sucedería a su padre como condesa de Bigorre y vizcondesa de Marsan en 1178, con el nombre de Beatrix y, más tarde, en 1180, contraería matrimonio con el conde de Comminges, Bernardo IV. Pero el Valle de Arán, que había sido entregado por el rey a los condes de Bigorre, volvería al propio monarca unos años después, porque del matrimonio entre Beatrix de Bigorre y Bernardo IV de Comminges nacería Petronille de Comminges, que quedó bajo la tutela del rey don Alfonso. Y éste concertó en 1192 el matrimonio de Petronille con el conde Gaston VI de Béarn, a cuyos dominios pasó el condado y las tierras de Bigorre, eso sí, a excepción del Valle de Arán, el cual ad ipsum comitatum nichilominun pertinere (a cuyo condado nunca perteneció), según el propio monarca aragonés.

Otro claro ejemplo de la importancia estratégica que tenía el Valle de Arán en lo relativo a la política ultrapirenaica de Alfonso II el Casto fue el Hospital de San Nicolás de Pontells, más conocido hoy en día como el Hospital de Viella. Éste, emplazado en la orilla izquierda del río Noguera-Ribagorzana, se fundó hacia el año 1175, justo al pie del puerto de Viella, que daba el único acceso al Valle de Arán desde el sur, y a la entrada del valle del Barrabés y del condado de Ribagorza. Se trataba de un amplio edificio junto al que había construidas una serie casas formando como una calle, y servía de fonda y refugio para las personas y los soldados que tuvieran que atravesar el puerto, especialmente en invierno. En el edificio había también una pequeña capilla. No existe documentación que acredite a ciencia cierta en qué año fue fundado el Hospital, pero todos los indicios apuntan a que se realizó dentro del reinado de Alfonso II el Casto, ya fuera en los años de su minoridad o después de 1175. De hecho, para la época de su hijo y sucesor, don Pedro II de Aragón, se hacen ya menciones al mismo con respecto a sus derechos reales. Jaime I de Aragón ratificó también sus privilegios poniendo al Hospital bajo su protección. El hecho de que al refugio, como lo entendemos hoy, se le llamase hospital era algo normal en una época en la que el latín culto aún tenía gran peso. La voz hospital tiene su origen en el latín hospes (huésped y hospedador) y hospitalis (hospitalario). De estas palabras latinas proceden también las voces actuales "hospedería" y "hostal", que es lo que en realidad era la edificación de San Nicolás y otras análogas en otros sitios -hospital de Tella, hospital de Benasque, hospital de Parzán, hospice de France, etcétera-: establecimientos destinados a hospedar a peregrinos, ganaderos, y viajantes o caminantes en general.

En las Cortes de Benabarre celebradas en el año 1570, el Hospital de Viella pasó a pertenecer a la villa de Viella.


  • ÚLTIMOS AÑOS DE ALFONSO II EL CASTO.
La Batalla de Alarcos, 1195.

En los últimos años del reinado de Alfonso el Casto, el condado de Pallars-Jussá pasó a formar parte del reino de Aragón. El rey aragonés se enfrentó también a Ricardo Corazón de León, quien al regreso de la Tercera Cruzada (1189-1192) se alió con el conde de Toulouse, Raymond V. No obstante, el rey don Alfonso y el conde de Toulouse llegaron a un entendimiento en el año 1195 y se restableció la paz entre el condado de Toulouse y el reino de Aragón.

En su relación con los otros reinos cristianos de la Península, Alfonso II el Casto se distanció bastante del rey Alfonso VIII de Castilla debido a la ruptura, por parte de éste último, de un pacto firmado entre ambos para la repartición de Navarra; además, el rey castellano tenía también serias pretensiones sobre algunos territorios situados en la misma frontera del reino de Aragón. Sin embargo, en 1195 tuvo lugar la batalla de Alarcos [17], que terminó en un estrepitoso desastre para los cristianos, y este hecho hizo que Alfonso II el Casto reconsiderara su postura con respecto al rey de Castilla, ante el peligro que podía suponer el avance de los ejércitos almohades. Juntos, prepararon una expedición conjunta para pararles los pies a los norteafricanos, pero esta operación no llegó a realizarse en vida de Alfonso II el Casto, que falleció un año después, en 1196. La gran batalla que acabó con el predominio musulmán en el sur de Península, se produjo en año 1212, en la población de Las Navas de Tolosa, pedanía próxima al municipio de La Carolina, provincia de Jaén.

  • PEDRO II "EL CATÓLICO" (1196-1213).
Pedro II el Católico (1196-1213) sucedió en 1196 a su padre como rey de Aragón y conde de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú, Pallars-Jussá, Ribagorza, Cerdaña y Rosellón.

El infante don Pedro, uno de los nueve hijos que tuvieron el rey Alfonso II el Casto y su esposa doña Sancha de Castilla, sucedió en 1196 a su padre como Pedro II el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú, Pallars-Jussá, Ribagorza, Cerdaña y Rosellón. En febrero de 1204, sería coronado como rey de Aragón por el Papa Inocencio III en la basílica de San pancracio de Roma, siendo ésta la primera vez en que un Pontífice coronaba y ungía a un rey de Aragón. Y fue también, a partir de este momento, cuando la corona empezó a ser ya utilizada por los monarcas aragoneses como signo de su realeza y su imagen empezó a aparecer en las monedas y sellos de la época [18]. Luego, en junio de 1205, el mismo Papa dictaría una bula en la que ordenaba que todos los reyes, e incluso las reinas, de la Corona de Aragón se coronasen en la Seo de Zaragoza, siendo el oficiante el arzobispo de Tarragona.

Pedro II concedió la bailía [19] de Garós y todo su entorno a un tal Portolá dera Mòga, algún importante personaje de la región del Valle de Arán. Luego, con posterioridad, deshaciendo posiblemente el agravio que en su día realizara su padre al privar de la concesión del Valle a la hija del conde Bernard IV de Comminges, volvió a ceder el Valle de Arán con todos sus hombres, campos de cultivo y rentas al conde Bernard IV en el año 1201. El conde de Comminges, así como sus sucesores, se convirtieron en vasallos y feudatarios del propio monarca aragonés por el Valle de Arán y por el condado de Comminges. La supremacía del reino de Aragón en los condados de la vertiente atlántica de los Pirineos centrales volvía a ser manifiesta tras esta nueva cesión del Valle de Arán que, como apetecible territorio que era, se había convertido ya en pieza de cambio importantísima, estratégicamente hablando, utilizándolo de forma continua para conseguir alianzas políticas. No obstante, la soberanía sobre el Valle volvería a recaer bajo la jurisdicción del rey Pedro II en el año 1204 al contraer éste matrimonio con Marie de Montpellier. Marie, hija de Guillaume VIII, señor de Montpellier, antes de casarse con el monarca aragonés había sido esposa, en segundas nupcias [20], del propio conde Bernard IV de Comminges, con quien se había casado en 1197. Bernard IV la repudiaría más adelante, según se desprende de una bula del Papa Inocencio III, fechada en diciembre de 1201, en la que informaba del asunto a los obispos de Narbona y Comminges.
Pedro II y Marie de Montpellier.

El contrato matrimonial entre el rey Pedro de Aragón y Marie de Montpellier se firmó en 1204, y el Valle de Arán, que por derecho matrimonial, había recaído en manos de Marie, volvió nuevamente a ser recuperado por el monarca aragonés. Como legítima heredera del señorío de Montpellier, Marie lo donó a su esposo el rey de Aragón, según un documento fechado en el año 1205, con lo que estos territorios se añadieron a la corona. Pedro II y su esposa mantuvieron, no obstante, un matrimonio lleno de disputas y antipatías personales que estuvo a punto de provocar una grave crisis sucesoria. De hecho, la reina vivía en Montpellier, alejada de su esposo, y el rey intentó conseguir la anulación del matrimonio, cosa que el Papa Inocencio III no admitió de ninguna de las maneras. Finalmente, del matrimonio entre ambos cónyuges nacerían la infanta doña Sancha de Aragón, quien se casaría con Raymond VII de Toulouse, y el infante don Jaime, el futuro Jaime I el Conquistador, que nació en febrero de 1208 y cuya protección su madre encomendó, en una primera instancia, a los caballeros del Temple.

  • POLÍTICA PENINSULAR DE PEDRO II.
La península Ibérica hacia comienzos del siglo XIII .
Las relaciones diplomáticas entre los reinos de Castilla y de Aragón, habían entrado hacia finales de siglo en una fase de claro distanciamiento que llevó a la corona aragonesa a intentar una aproximación a los reinos de Navarra, León y Portugal. Pero tras el desastre de Alarcos (1195), ante el temor a la fuerza militar de los almohades, las dos coronas volverían a unir sus esfuerzos reconquistadores, no solo contra los musulmanes sino también contra los navarros, cuyo reino se encontraba ubicado en una especie de tierra de nadie. Pero todas las desavenencias surgidas entre los reinos cristianos del norte peninsular, pronto se disiparon ante el nuevo frente cristiano común que se creó contra el imperio almohade. Tanto el reino de Navarra, con la aportación de doscientos caballeros, como el de Aragón tomaron parte muy activa al lado del rey castellano en la Batalla de las Navas de Tolosa, que tuvo lugar en el verano de 1212.

A medida que la decadencia del imperio almorávide se iba haciendo cada vez más patente, otro grupo de bereberes, éste procedente de la tribu de los masnuda, naturales del sur de la cordillera del Atlas, iba adquiriendo preponderancia en el norte de África. Este grupo, dirigido por Ibn Tûmar, un reformista religioso que abogaba por el monoteísmo, la unicidad del dogma (de ahí el nombre de al-mohade) o la austeridad en los gustos, se rebeló hacia 1122 contra la autoridad de los almorávides, hasta que en 1143 consiguieron apoderarse de gran parte del territorio almorávide. En un principio, establecieron la capital en Tinmal y en 1147 ocuparon Marrakûs. En Al-Andalus, las revueltas y los disturbios contra el poder almorávide no se hicieron esperar y los monarcas cristianos supieron sacar provecho de esta confusa situación. Dio aquí comienzo un nuevo período de fragmentación territorial de Al-Andalus, al que los historiadores llaman los Segundos Reinos de Taifas, y que duró unos treinta años más.

Mapa político de Europa, norte de África y Mediterráneo oriental hacia finales del siglo XII.

En Al-Andalus surgieron nuevos jefes musulmanes que pretendieron crear nuevos estados, sobre todo en Córdoba y en Málaga. El avance almohade fue lento: Sevilla fue conquistada en 1147, Córdoba en 1149, Badajoz en 1150 y el sur del actual Portugal en 1151. Sin embargo, el este de la península no lograron someterlo. En Valencia, un jefe musulmán de ascendencia cristiana (Ibn Mardanis) extendió sus posesiones hacia el sur y se convirtió en un serio obstáculo para los almohades. Más al norte, el reino de Aragón, a cuyo frente estaba ya el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, con la ayuda de la Orden Militar del Temple, se apoderó de Tortosa (1148) y de Lérida (1149). Pero los almohades continuaron siendo tenaces y convirtieron a Córdoba en una ciudad consagrada al estudio y a Sevilla en una esplendorosa residencia a la que dotaron de innumerables edificios religiosos y civiles. En julio de 1195 se produjo la Batalla de Alarcos, un castillo construido encima de un cerro de unos cien metros de alto, situado al sur de Toledo, en plena meseta inferior. En ella, el ejército almohade al mando del califa Abu Yusuf al-Mansur, más conocido como Yusuf II (1184-1199), consiguió una aplastante victoria frente a las tropas de Alfonso VIII de Castilla (1158-1214) y prosiguió su avance hacia Guadalajara, aunque los castellanos pudieron conservar Toledo y Cuenca.

En el mundo cristiano parecía como si, tras la victoria de los musulmanes almohades, el Islam hubiera recuperado su fuerza ofensiva de antaño por tierras ibéricas. De hecho, en los años siguientes, las tropas almohades saquearon amplias zonas del valle del Tajo, la Mancha y Extremadura y, crecidos moralmente con aquella victoria, extendieron su poder hasta las Baleares, que estaban en manos de la dinastía almorávide de los Banu Ganiya y dedicados de lleno a la piratería por todo el Mediterráneo occidental. Sin tener apenas capacidad de reacción tras el desastre de Alarcos, Alfonso VIII de Castilla se ganó la simpatía del nuevo arzobispo de Toledo, don Rodrigo Giménez de Rada. Éste último, ante la elevada probabilidad de que los almohades pudieran finalmente cruzar la frontera natural que suponían los Montes de Toledo y tomar la ciudad, consiguió remover la indignación religiosa que produjo la victoria musulmana en Alarcos y consiguió del Papa Inocencio III (1198-1216) la proclamación de una Cruzada. Alfonso, por su parte, espoleado por el apoyo del Papa y de otros obispos francos, consiguió atraerse a los reyes de Aragón y de Portugal.

En la primavera del año 1212, grandes contingentes de caballeros francos y de las Órdenes del Temple, de Calatrava, de Santiago y de Malta comenzaron a concentrarse en la ciudad de Toledo y, poco después, ya con los ejércitos de los reinos de Castilla, Aragón y Portugal (Navarra se incorporaría algo más tarde), todos ellos al mando del rey castellano, comenzaron a movilizarse en dirección sur. Los almohades, en previsión del ataque, habían concentrado sus fuerzas al norte de la actual Andalucía, al abrigo de Sierra Morena y habían logrado reunir un poderoso ejército. Éste lo formaban unos 120.000 hombres, entre la propia caballería almohade procedente del noroeste de África, voluntarios andalusíes, arqueros turcos (los Agzaz) y un contingente de soldados fanáticos procedentes del Senegal (la llamada Guardia Negra del califa).

Las Navas de Tolosa, La Batalla.

El califa almohade Muhammad al-Nasir (1199-1213), que había avanzado hasta Jaén, decidió cortar el paso a la coalición cristiana en las proximidades de la actual población de las Navas de Tolosa (población que fue fundada en el siglo XVIII por el rey Carlos III), una zona árida de llanura situada en el actual término municipal de La Carolina, en la provincia de Jaén. Las tropas cristianas, tras un primer momento de graves adversidades, como fue la deserción en bloque de casi todos los voluntarios ultramontanos, se dirigieron hacia los llanos de la Losa, al encuentro de los musulmanes. Tras las escaramuzas de los dos o tres primeros días, la batalla final se libró en pleno mes de julio y se saldó con la victoria absoluta de los ejércitos cristianos, que significó el inicio del definitivo declive musulmán en la península Ibérica. La Batalla de las Navas de Tolosa, a la que las fuentes árabes denominaron la Batalla de Al-Uqab, es una de las más famosas de todos los tiempos, especialmente para el mundo cristiano. De hecho, las fuentes cristianas de la época la denominaron, simplemente, La Batalla.

Durante dos decenios más, los almohades mantendrían un poder cada vez más precario en Al-Andalus, mientras que un problema sucesorio en el reino de Castilla y las dificultades internas de la Corona de Aragón aplazaron las labores de la Reconquista hasta el año 1225. Además, el imperio almohade, también inmerso en graves luchas intestinas, comenzaba a dar síntomas de flaqueza. En Al-Andalus se inició otra nueva etapa de fragmentación política en otros reinos musulmanes, los Terceros Reinos de Taifas, y, a partir del año 1225, Fernando III el Santo de Castilla (1217-1252) y Jaime I el Conquistador de Aragón (1213-1276), convertidos ambos en los jefes de los principales reinos peninsulares del momento, organizaron, mano a mano, una auténtica reconquista de aquellos territorios cristianos que habían sido perdidos muchos siglos atrás.

  • LAS GUERRA CÁTARAS.
De todas las herejías surgidas a lo largo de la Edad Media, el catarismo fue la herejía por antonomasia, pues fue la que mayor arraigo popular tuvo.

Durante los siglos XI y XII, la secta de los Cátaros, a la que se acusó de herejía, se expandió por varias zonas de Europa y el rey Pedro II se vio envuelto en los gravísimos incidentes que acaecieron en la zona del actual Midi francés como consecuencia de la Cruzada organizada contra aquellos. El propio Pedro II, que lucharía al lado de los herejes para defender a su vasallo el conde de Toulouse, encontraría la muerte en una encarnizada batalla contra el cruzado Simon de Monfort cerca de la población de Muret, actual comuna francesa del departamento del Hâute Garonne, en el Midi. Durante estos siglos, y en una época en la que la Iglesia se hallaba completamente imbuida de las reglas monásticas del ascetismo cisterciense, por toda Europa se habían desarrollado una serie de nuevas doctrinas religiosas a las que se les designó genéricamente como herejías, en cuanto a que eran formas libres de entender el dogma cristiano. Con anterioridad, todas las herejías que habían surgido en el Oriente bizantino durante la Alta Edad Media habían tenido escasa repercusión en Occidente -excepción hecha del arrianismo, que trajeron los pueblos germánicos-, y las propiamente dichas herejías occidentales habían sido siempre erradicadas sin mayores problemas. Pero la proliferación de tantos errores doctrinales durante estos años alarmaba poderosamente a la Iglesia.

Pero de todas las herejías surgidas a lo largo de esta Plena Edad Media, el catarismo fue la herejía por antonomasia, pues fue la que mayor arraigo popular tuvo. Su zona de actuación fue el sur de Francia y a sus seguidores, en las fuentes literarias de la época, se les designaba de diferentes maneras: maniqueos, albigenses, cátaros o, simplemente, herejes. La palabra “Cátaros” proviene del griego Katharos que significa “puro”, puesto que era una doctrina que despreciaba todo tipo de placeres terrenales. La doctrina principal del catarismo derivaba del Dualismo, que era una filosofía que concebía el mundo como un mero enfrentamiento entre el principio del Bien y el del Mal. Aunque el dualismo como tal no era nada novedoso, pues ya se había desarrollado en otras épocas anteriores, la principal novedad de este asunto era la gran aceptación que estaba teniendo por las zonas de Albi, Toulouse, Carcassonne, Narbona, etc…, es decir, por todo el Languedoc, una zona sobre la que el reino de Aragón mantenía una gran influencia y muchos intereses.

Por todos los castillos y ciudades el sur de la actual Francia fueron surgiendo numerosos focos propagadores de la nueva moral que entraba en competencia directa con la moral ortodoxa de la Iglesia. Los cátaros o albigenses más radicales pensaban que Satán y Dios eran dos deidades opuestas que habían creado, respectivamente, el mundo de la materia y el del espíritu. La materia era el principio del Mal, y el hombre, alienado por ella, debía someterse al más estricto ascetismo para lograr la comunión con Dios. Comerciantes, médicos, clérigos, artistas…, sintieron atracción por el modelo de perfección moral que se recogía en la doctrina del catarismo y, poco a poco, esta doctrina fue calando en los estratos más desfavorecidos de la población. Finalmente, la nobleza, quizá como un intento de frenar la influencia política y económica de los monasterios y de los prelados de toda la región, se sumó al catarismo. Los cátaros crearon una organización nueva y distinta a la del clero católico y aparecieron los perfectos, que era la minoría dirigente que trataba de encuadrar a los creyentes. Los perfectos practicaban el ayuno y el celibato y no comían carne. Aceptaban el Nuevo Testamento pero ponían objeciones al Antiguo. Y combatían la doctrina ortodoxa de la Encarnación (la divinidad de Cristo) con el argumento de que era imposible que Dios, que era el principio del Bien, se hubiera encarnado o convertido en algo material y, por ello, consideraban a Jesús, simplemente, como un Ángel bueno y no como el Hijo de Dios. En el año 1167 se celebró un concilio cátaro en la iglesia de San Félix de Caraman, situada en la región del Lauragais, al este de Toulouse, y allí se procedió a dividir el sur de Francia en cuatro diócesis; Agen, Albi, Carcassonne y Toulouse. Para Roma, esto fue la gota que hizo desbordar el vaso, porque el catarismo no era sólo una reforma, sino que se había convertido ya en una Iglesia alternativa con importantes ramificaciones, principalmente en la zona de los condados del sur de Francia.

El pontificado tardó mucho en reaccionar frente a los cátaros y las primeras medidas que se tomaron resultaron infructuosas. Pero en enero de 1198 murió el Papa Celestino III y el Cardenal Lotario de Conti fue elegido Papa con el nombre de Inocencio III (1198-1216), el cual accedió al trono pontificio con una amplia tarea que realizar.
El Papa inocencio III (1198-1216) fue implacable contra la heterodxia y el Islam.

Con el nuevo Papa todas las medidas se intensificaron. Inocencio III era el verdadero paradigma del ascetismo cisterciense que predominaba en toda Europa desde aproximadamente el Año Mil, en que las reglas de la orden religiosa del Císter triunfaron en detrimento de las de la ancestral orden de Cluny. Inocencio III, que redactó el De contemplu mundi, una cruda reflexión sobre las miserias humanas, consideraba que “era preferible la acción a la contemplación” y su teoría político-religiosa, con grandes dosis de pragmatismo, se fue extendiendo por todas las iglesias europeas. Y contra la heterodoxia y el Islam fue sencillamente implacable utilizando la cruzada como un medio letal para doblegar a sus enemigos: Cuarta Cruzada (1202-1204), Navas de Tolosa (1212). Y en 1213, en el Mediodía francés, los cátaros fueron literalmente masacrados.

Terminada la Cuarta Cruzada (la cual, hay que decir, que se le fue de las manos al Pontífice), Inocencio III envió a Arnauld-Amaury, abad del monasterio cisterciense de Citeaux, a la zona del Languedoc para investigar acerca del catarismo, así como a Domingo de Guzmán, quien fundaría más adelante la Orden de los Dominicos. Tanto Arnauld como Domingo consiguieron convertir al verdadero dogma a unos cuantos infieles, pero el resultado fue peor que el esperado, y la Iglesia declaró herejes a los cátaros. El Papa pidió también ayuda al rey Philippe II Auguste [21] para tratar de que éste obligara a algunos señores locales a hacer que sus súbditos abandonaran la práctica de la fe herética, pero el rey franco, inmerso en otros asuntos con el condado de Flandes y el Sacro Imperio, y rehusó prestarle apoyo.

Arnauld-Amaury, el legado papal.
Posteriormente, envió a otros varios monjes cistercienses para predicar y discutir con los cátaros acerca de la verdadera fe. Como nuevos legados pontificios envió a Pierre de Castelnau y Raoul Ranier, a los cuales dio plenos poderes para detener la herejía cátara. Éstos llegaron, incluso, a suspender de sus santos oficios a los obispos de Toulouse, Béziers y Vivers. Castelnau, por su parte, exigió al conde Raymond VI de Toulouse que liderara una fuerza militar contra los nobles locales que secundaban la herejía, pero el conde se negó en redondo a usar las armas contra su propia gente. Castelnau pidió entonces su excomunión y el Papa la ratificó en mayo de 1207. En junio, Raymond de Toulouse se reunió con Castelnau en la abadía de Saint-Giles-du-Gard, en las proximidades de Nîmes y, allí, dialogaron e intercambiaron impresiones acerca de la herejía y de la fe católica. Y al día siguiente, saliendo de la ciudad, Castelnau fue asesinado, tal vez, por orden del conde de Toulouse. El Papa Inocencio III, ante el asesinato de su legado, reaccionó de inmediato dictando una bula en la que proclamaba la Cruzada contra los cátaros y ofrecía indulgencias para quienes se sumaran a la misma, así como la posibilidad de obtener las tierras que les fueran requisadas a los herejes. Esta última oferta provocó un efecto llamada, y muchos nobles personajes del norte de Francia, como fue el caso del cruzado Simon de Monfort, se aprestaron a unirse al grupo de caballeros que el Papa convocó en la ciudad de Lyon en junio del año 1209.
Simon de Monfort-L'Amaury fue nombrado jefe del ejército cruzado contra los cátaros en el año 1209.

Simon de Monfort era el segundo hijo de Simon III, conde de Evraux y señor de Montfort-l’Amaury, y su esposa Amice, hija del conde de Leicester. Confiscados a sus ascendientes todos los territorios que poseían en Inglaterra como consecuencia de la Revuelta de 1173-1174, Simon se casó en 1190 con Alix de Montmorency y en 1202 se unió a la Cuarta Cruzada. En cuanto él y otros caballeros francos se dieron cuenta de que la Cruzada estaba cambiando de rumbo, se retiraron de ella y, a través del reino de Hungría, regresaron a sus hogares. Poco tiempo después, a la muerte del hermano de su madre, a la sazón conde de Leicester, Simon reclamó el condado de Leicester que, por derecho, correspondía a su madre Amice y a él mismo. La repartición del condado se hizo efectiva a comienzos de 1207 pero, en febrero del mismo año, el rey John I [22] tomó posesión de dichos territorios y les confiscó sus propiedades. Como las únicas tierras que había heredado sin perjuicio de perderlas eran las del señorío de Montfort-l’Amaury, en Normandía, Simon permaneció en Francia hasta que en 1209 fue nombrado jefe del ejército cruzado contra los cátaros. En un principio, declinó la oferta, pero la presión a la que le sometió el legado del Papa, Arnauld-Amaury y la tentadora oferta de poder obtener nuevos señoríos en el sur de Francia, le hicieron reconsiderar su postura y aceptó.

En verano de 1209, el ejército cruzado partió de Lyon a lo largo del Ródano hacia las tierras de Provenza con Simon de Montfort a la cabeza. También formaban parte del mismo el duque de Borgoña, los condes de Nevers y Saint-Pol, el senescal de Anjou y otros muchos nobles personajes, así como el legado Arnauld-Amaury, quien se unió a la expedición con posterioridad. El conde de Toulouse, Raymond VI, sobre quien pesaba una dolorosa excomunión, aceptó también participar en la cruzada, no sin antes humillarse públicamente delante del ejército de los cruzados, y el Papa revocó su excomunión. El ejército cruzado se adentró en el mes de julio en los territorios de Raymond Roger Trencavel, vizconde de Albi, Béziers, Carcassonne y Razés, y sobrino de Raymond VI. Trencavel intentó reunirse con Arnauld-Amaury en Montpellier, pero éste último rechazó la oferta negociadora y Trencavel marchó a Carcassonne para organizar sus defensas. La ciudad de Béziers fue ocupada e incendiada en su totalidad, y los cruzados dieron muerte a casi todos sus habitantes, que se habían refugiado en la iglesia de Santa Magdalena, sin pararse siquiera a pensar si eran católicos o cátaros.

La bella bella ciudad de Carcassonne, con sus murallas y torreones, tenía como punto débil su acceso al río Aude.
Los habitantes de Carcassonne fueron expulsados de la ciudad totalmente desnudos, "para no llevarse con ellos nada más que sus pecados"...
Al mes siguiente, los cruzados llegaron a Carcassonne. La ciudad, a los pies del río Aude, estaba aparentemente bien fortificada con sus murallas y su treintena de torreones defensivos, pero tenía como punto débil su acceso al río. La ciudad fue sitiada y atacada con todo tipo de catapultas y máquinas artilleras. Pedro II de Aragón, protector del propio Trencavel, se personó en Carcassonne para tratar de llegar a un acuerdo amistoso con Arnauld-Amaury y detener el asedio de la ciudad amiga. Pero el legado del Papa lo rechazó y Pedro II se marchó con una enorme contrariedad. Los ataques por parte de los cruzados continuaron hasta que el hambre y la sed de los habitantes de la ciudad obligaron a Trencavel a negociar la rendición. En agosto de 1209, Trencavel fue hecho prisionero y los habitantes de Carcassonne, si bien no fueron masacrados, fueron expulsados totalmente desnudos de la ciudad, según recogen las fuentes, para no llevarse con ellos, “nada más que sus propios pecados”. Trencavel, encerrado en una de sus prisiones, murió unos meses más tarde y, en su lugar, el legado del Papa instaló a Simon de Montfort, que se hizo también cargo del gobierno de Albi, Béziers y Razés. Durante el resto del año continuó habiendo revueltas en otras ciudades cátaras y Simon de Montfort tomó el control de varias de ellas. Incluso atacó las tierras del conde Foix.
El ancestral condado de Toulouse quedaría difinitivamente vinculado a la Corona de Francia, y sin autonomía, en el año 1271, tras la muerte sin descendencia de su último conde, Alphonse III, según las estipulaciones del Tratado de Meaux-Paris. La ciudad de Toulouse.
Las posesiones del condado de Toulouse.
En el invierno del año siguiente (1210), Arnauld-Amaury se convirtió en obispo de la ciudad portuaria de Narbonne, ciudad que pertenecía al conde de Toulouse. Narbonne, en consecuencia se convirtió en puerta de entrada de cruzados y de suministros, que llegaban desde todos los rincones de Francia y Europa. Bien pertrechados a partir de ahora, los cruzados pudieron capturar varias ciudades, tales como Bram, Minerva (donde fueron quemados vivos en la hoguera numerosos cátaros) y Termes (que cayó en el mes de diciembre, tras un larguísimo asedio).

A comienzos de 1211, Simon de Montfort estaba preparado para atacar Toulouse. Arnauld-Amaury acusó de herejes a varias personalidades de la ciudad e instó a Raymond VI a perseguirlos. Éste se negó y, de nuevo, fue excomulgado por orden del legado pontificio. El rey de Aragón estuvo presente en la ciudad cuando a Raymond le fue lanzado el ultimátum y presentó sus quejas ante el legado mostrando su disconformidad por las acciones que, desde el primer momento, habían llevado a cabo los ejércitos cruzados contra los habitantes del sur de Francia. Raymond VI se sintió fortalecido por el apoyo recibido de parte de Pedro II y comenzó a organizar una coalición con los condes de Foix y Comminges, Raymond Roger y Bernard IV, respectivamente, contra el poderoso de Montfort, a quien se habían unido grandes contingentes de guerreros germánicos. El propio conde de Foix pudo repeler un ataque de los mismos durante los meses de invierno, pero hacia el verano, reforzado con los cruzados del norte de Europa, Simon de Montfort comenzó a asediar Toulouse. La ciudad, no obstante, estaba bien fortificada y muy bien defendida con los refuerzos enviados desde Foix y Comminges, y de Montfort tuvo que abandonar el asedio. En otoño, Raymond VI contraatacó poniendo sitio a la ciudad de Castelnaudary, donde se hallaba de Montfort. De Montfort se encontraba bastante debilitado para estas fechas debido a que gran parte de sus soldados habían abandonado la cruzada al no considerarla demasiado rentable y tenían las miras puestas en la guerra que se iba a librar contra los musulmanes en Al-Andalus, contra los cuales el Papa Inocencio III había proclamado otra cruzada. Un ataque contra Castelnaudary realizado por las fuerzas del conde de Foix fue, sin embargo, repelido por Simon y sus tropas, quienes finalmente consiguieron abandonar la ciudad. Raymond VI tomó Castelnaudary y, tras ella, otras muchas fortalezas próximas que estaban en manos de los cruzados.

En la batalla de Muret (septiembre de 1213), el rey Pedro II de Aragón, en defensa de los cátaros, resultó muerto, un hecho que tuvo unas consecuencias nefastas para los destinos del reino de Aragón en el sur de Francia.

Durante todo el año 1212 las hostilidades entre de Montfort y Raymond VI se redujeron a simples ataques por sorpresa contra la ciudad de Toulouse que no tuvieron mayores consecuencias. De Montfort se dedicó, prácticamente durante todo el año, a rearmar a sus tropas y a intentar acoger a nuevos contingentes de soldados cruzados. Los condes de Toulouse, Foix y Comminges, por su parte, se dedicaron a reorganizar sus defensas y a pedir apoyo al rey de Aragón, el cual se encontraba, hacia la primavera, en plena campaña contra los almohades. Concluida la misma con la batalla de las Navas de Tolosa (julio de 1212), en que la Cristiandad hispánica venció y asestó un duro golpe, casi mortal, a los musulmanes almohades, el rey Pedro II, fortalecido anímica, moral y espiritualmente, regresó a su reino. Y, aproximadamente, un año después, en septiembre de 1213, el monarca aragonés, al frente de su ejército y del de los condes de Toulouse, Foix y Comminges, ponía sitio a Muret, población situada a escasa distancia de Toulouse por el sur y en el mismo curso del río Garona. De Montfort, al tener noticias de la presencia del rey de Aragón en las tierras del condado de Toulouse, acudió todo lo rápido que pudo con un ejército ya renovado y bien armado. En el ataque, que tuvo lugar a las afueras de la ciudad, entre los ejércitos del rey de Aragón y del caballero cruzado, el rey Pedro II de Aragón se llevó la peor parte porque, en medio de una auténtica batalla campal, resultó muerto y todo su ejército se vio presa del pánico.

Las batallas contra los cátaros continuaron librándose hasta el año 1255 en que cayó la fortaleza de Quéribus, pero la muerte del rey Pedro II de Aragón tuvo unas consecuencias trágicas para el destino de la Corona de Aragón en los territorios del sur de Francia.

  • JAIME I "EL CONQUISTADOR" (1213-1276).
El rey de Aragón don Jaime I el Conquistador.

El desastre de Muret (1213), donde falleció el rey don Pedro II, significó la pérdida definitiva de la hegemonía que el reino de Aragón había tenido hasta entonces en toda la región del Languedoc y de la vertiente atlántica de los Pirineos. En cambio, para el reino de Francia ocurrió todo lo contrario. En el antiguo reino de los francos, el rey Philippe II Auguste había conseguido restablecer el poder de la monarquía franca en detrimento de las poderosas castas nobiliarias locales y regionales, además de imponer su autoridad sobre casi toda Francia. Durante el reinado de su nieto, el rey Louis IX, la autoridad del poder central de la monarquía francesa terminó por convertirse en un hecho indiscutible [23] sobre toda el área del sur del país. En este caso, quienes perdían eran el reino de Aragón, por un lado, y el ancestral condado de Toulouse, por otro.

El rey de Aragón, al morir, dejaba a un niño (el infante don Jaime) de cinco años de edad como futuro monarca. El infante don Sancho, tío de del difunto rey don Pedro II, a la sazón conde de Roussillon y de Cerdagne, se convirtió en regente de la corona y en Procurador General del reino de Aragón. Durante los años de la regencia de Jaime, años que transcurrieron en medio de las cruentas hostilidades de la Cruzada contra los cátaros o albigenses, don Sancho intervino también en favor del conde Raymond VII de Toulouse al cederle en 1217 grandes efectivos militares para la toma y recuperación de Toulouse, que se hallaba en manos de Simon de Montfort. Toulouse fue tomada por su conde legítimo, pero el Papa Inocencio III amenazó a don Sancho con la excomunión y éste retiró su ayuda. Después renunciaría a la regencia de don Jaime para centrarse en el gobierno de sus propios condados, que estaban siendo hostigados por la familia de los Montcada barceloneses. A partir de este hecho, el reino de Aragón dejó de intervenir en la defensa de Toulouse, que fue brutalmente asediada por los cruzados católicos durante el año 1218.

En Aragón, la minoridad de Jaime I facilitó el aumento de poder de la nobleza feudal frente a la autoridad real. Tras la regencia de don Sancho, Jaime I pasó a ser tutelado por un grupo de nobles hasta que, en el mes de julio de 1219, el mismo Papa Inocencio III constituyó un Consejo de Regencia integrado por el arzobispo de Tarragona y otros nobles afines al Pontificado. Jaime I participó a favor de don Sancho y su hijo, don Nuño Sánchez, cuando éstos fueron atacados por los Montcada, una familia barcelonesa de nobles a los que apoyaba también el infante don Fernando de Aragón, monje cisterciense, abad de Montearagón y tío del propio Jaime I. Don Fernando, al ser excluido de la regencia de su sobrino en 1214, se convirtió en el principal instigador de la oposición a Jaime I. Este grupo de magnates aragoneses llegó, incluso, a secuestrar al joven rey en la población de Alagón, reteniéndolo como prisionero durante dos semanas. Unos años más tarde, uno de los miembros del Consejo de Regencia quebrantó una tregua pactada por el rey con el grupo opositor y fue asesinado, lo que hizo que los grupos nobiliarios se levantaran en armas. Sin embargo, en marzo de 1227 se puso fin al conflicto nobiliario con la paz de Alcalá, tras la que el monarca salió muy fortalecido. La nobleza, no obstante, no perdió tampoco un ápice de su cuota de poder y en la consecución de las posteriores conquistas llevadas a cabo por el reino de Aragón, tanto por la península como por el Mediterráneo, estos belicosos e inquietos grupos nobiliarios participaron muy activamente.

Don Jaime se casó en enero de 1221 con la infanta doña Leonor de Castilla y Plantagenet, hija de Alfonso VIII de Castilla. Tras este matrimonio, don Jaime obtuvo la mayoría de edad y fue armado caballero en la ciudad de Tarazona, actual provincia de Zaragoza. Sin embargo, en 1229 el rey don Jaime solicitó del Papa Gregorio IX la nulidad de este matrimonio aduciendo razones de consanguinidad, y éste último se la concedió. A raíz de la separación, doña Leonor se retiró al monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas, monasterio cisterciense femenino situado en la actual provincia de Burgos, en el que murió en el año 1244 y donde fue enterrada y momificada. El acuerdo de separación establecía que doña Leonor conservaría la propiedad de la población de Ariza y su castillo y cuantas posesiones y rentas tuviera en el reino de Aragón, así como la custodia del infante don Alfonso de Aragón y Castilla, hijo único hijo, y primogénito, de ambos.

Años más tarde, en 1235, el rey se casó con la segunda de sus esposas, doña Yolanda de Hungría, a quien se la conoce con el nombre de doña Violante. Violante aportó como dote una fuerte cantidad de dinero, así como los derechos sobre el condado de Flandes y los territorios que su familia había poseído en Nemours y en Borgoña. Fue reina consorte de Aragón, Mallorca y Valencia, condesa de Barcelona y Urgell y señora de Montpellier. Doña Violante de Hungría fue madre de diez hijos, entre los que se encuentran la infanta doña Violante de Aragón, casada con el rey don Alfonso X el Sabio de Castilla (1252-1284); el infante don Pedro de Aragón, futuro rey don Pedro III el Grande de Aragón y Valencia y conde de Barcelona (1276-1285); doña Constanza de Aragón, esposa del infante don Manuel de Borgoña y de Suabia; el infante don Jaime de Aragón, futuro rey don Jaime II de Mallorca y conde de Roussillon y Cerdanya (1276-1311); o la infanta doña Isabel de Aragón, esposa de Philippe de Francia, que se convertiría en el rey Philippe III el Atrevido de Francia.

  • LA RECONQUISTA.
Las diferentes fases de la Reconquista de España.
Estatua ecuestre del rey don Fernando III el Santo, ubicada en Sevilla.

Según el viejo Tratado de Cazola, firmado en el año 1179 entre los reyes Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II el Casto de Aragón, los reinos moros de Valencia y Denia quedaron reservados para los aragoneses en las futuras conquistas que se fueran a llevar a cabo. Aún así, los castellanos, bajo el reinado de Fernando III el Santo (1217-1252), rey de Castilla y de León a partir de 1230 [24], llevaron a cabo algunas expediciones sobre el reino de Valencia (Requena, 1219). Ante el peligro de una conquista del Levante peninsular por parte de una expansiva Castilla, Jaime I consideró necesaria la anexión de dichos territorios a su corona.

En efecto, el comienzo de la desintegración del Imperio almohade tras la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), hizo que los reinos cristianos, principalmente Castilla, pero también Aragón, fueran impulsando de manera paulatina un fuerte proceso reconquistador. Desde la victoria cristiana en Las Navas hasta ya bien entrada la década de los años veinte del siglo XIII, este proceso estuvo prácticamente paralizado como consecuencia de los conflictos sucesorios habidos en el reino de Castilla y su unión al de León y, simultáneamente, en el de Aragón, con la intervención suicida de Pedro II en las guerras del sur de Francia en defensa de los cátaros y la difícil minoridad de Jaime I. Pero una vez fueron solucionados estos problemas en ambos reinos, la ofensiva cristiana se empezó a poner en marcha, y tanto Fernando III como Jaime I fueron los principales adalides de la llamada Reconquista hispano-cristiana. Sobre los motivos que impulsaron a ambos monarcas a extender sus dominios sobre el sur peninsular hay que tener en cuenta un hecho sobre el que prácticamente están de acuerdo todos los historiadores y es que, durante los siglos XII y XIII, y hasta mediados del XIV, cuando irrumpe la Peste Negra (1348), la población se hallaba en una fase de importante y sostenido crecimiento.

Las incursiones que los piratas musulmanes asentados en Mallorca fueron el pretexto para la conquista de la isla.
La isla de Mallorca.

Las frecuentes incursiones y los ataques a que los piratas musulmanes establecidos en las Baleares sometían los navíos comerciales aragoneses, hizo que en la mente de Jaime I y en la de muchos nobles creciera la idea de realizar una expedición militar de envergadura contra las islas. Pero más que una simple expedición de castigo, el monarca pretendía una conquista de las mismas en toda regla para establecer en ellas un protectorado totalmente libre de piratas que garantizara a los comerciantes barceloneses el control de la ruta comercial directa con el Mediterráneo oriental. Los medios económicos que se requerían para financiar una empresa de semejantes magnitudes se acordaron en diciembre del año 1228, en las Cortes que el rey convocó en Barcelona. Se quería evitar, por parte de la ambiciosa nobleza aragonesa, la injerencia de cualquier potencia extranjera, incluida la Santa Sede, en el proyecto y los magnates aragoneses y barceloneses se comprometieron a aportar ellos mismos sus propios contingentes de soldados, al tiempo que se acordó la repartición de las futuras conquistas.

El día 5 de septiembre de 1229, de los puertos próximos a la ciudad de Tarragona partieron unos 150 navíos con casi mil jinetes y otros varios miles de infantes a bordo, para alcanzar, cuatro o cinco días después, la costa suroeste de la principal isla balear. Los musulmanes mallorquines, que no contaron con ningún tipo de ayuda de sus correligionarios del norte de África, no dificultaron la travesía ni opusieron resistencia al desembarco cristiano, sino que se ocuparon de intentar frenar el avance hacia Palma, la capital, y de reforzar sus defensas. Cuatro largos meses de asedio sobre la ciudad mallorquina hicieron falta a los aragoneses para que ésta cayera en diciembre de 1229. Luego, como era de rigor, la saquearon y las hostilidades se interrumpieron. Sin embargo, en las zonas montañosas de la isla, los musulmanes organizaron nueva resistencia y hasta mediados del año 1232 no pudieron ser definitivamente vencidos. Con respecto a la isla de Menorca, Jaime I inició con sus autoridades unas negociaciones para convertir a la isla en una especie de protectorado aragonés según el cual Menorca sería protegida a cambio del pago de unos tributos [25]. Ibiza, por su parte, fue conquistada en agosto de 1235 por el arzobispo de Tarragona, Guillem de Montgrí, el infante don Pedro de Portugal y el conde de Roussillon, Nuño Sánchez.


La conquista del reino musulmán de Valencia se realizó en varias fases.
La Orden Militar del Temple tuvo un destacadísimo papel en la conquista de las poblaciones de la actual provincia de Castellón.
La conquista del reino musulmán de Valencia se realizó tanto por parte de elementos barceloneses como aragoneses, a diferencia de la de Mallorca, en la que participaron principalmente los barceloneses. En Valencia participaron la nobleza y el clero de Aragón, las Órdenes Militares del Temple y del Hospital, las milicias de los pueblos del Bajo Aragón (Teruel, Daroca, Calatayud) y de las comarcas de Lérida y Tortosa, así como de otras del interior del condado de Barcelona. Y fue una conquista lenta. El método consistía en ir devastando las comarcas próximas a las principales poblaciones, para luego terminar asediándolas y forzarlas a la capitulación. Mediante los pactos de capitulación, los conquistadores respetaban la vida, las leyes, las costumbres y las propiedades a los conquistados, lo que explica que gran parte de la población musulmana permaneciera en sus casas. De esta forma, el monarca aragonés se aseguraba el dominio del territorio, con la consiguiente puesta en marcha de un proceso repoblador.
La estratégica población castellonese de Morella fue definitivamente reconquistada por el noble aragonés don Blasco de Alagón en el año 1232.
En la conquista de Valencia cabe señalar tres etapas bien diferenciadas. La primera, entre los años 1232 y 1235, fue la conquista del norte del reino, en la que, con el acuerdo de la Orden del Hospital y con el magnate don Blasco de Alagón, que ya había conquistado Ares y Morella (al norte de la actual provincia de Castellón), Jaime I tomó Burriana (julio de 1233), para continuar con Almazora, Castellón de la Plana, Borriol, Cuevas de Vinromá, Alcalá de Chivert, Cervera y Vilafamés, entre otras. La segunda etapa se desarrolló entre 1236 y 1238, después de las Cortes Generales de Monzón (1236). En ellas, el rey pidió ayuda para la empresa y obtuvo, incluso, la bula del Papa Gregorio IX para realizar nuevas conquistas en concepto de Cruzada. Se acometió la parte central del reino de Valencia, incluida la capital, hasta el río Júcar, y dio comienzo con la toma de El Puig (agosto de 1237). Luego cayeron Almenara, Vall d’Uixó, Nules, Paterna, Silla y Valencia (9 de octubre de 1238), que capituló tras cinco meses de asedio. La tercera etapa, entre 1239 y 1245, se centró en la zona meridional, con la ocupación y conquista del reino de Denia. Comenzó con la toma de Cullera y siguió con Castellón de la Ribera, Denia (1240), Alcira (diciembre de 1242), Játiva (mayo de 1244), Montesa, Vallada, Mogente (1244) y Biar (1245).
El impactante castillo de Xátiva (Valencia).

Antes del año 1230, en que se produjo la segunda y definitiva unión entre Castilla y León, el reino de León ya había emprendido la conquista de Extremadura, con la recuperación de Cáceres, Mérida y Badajoz. En estas conquistas, la Orden de Santiago tuvo una participación muy importante y el rey leonés le entregó un señorío de enormes dimensiones que se extendía desde Montáñez hasta las estribaciones de Sierra Morena. El reino de Castilla, por su parte, aprovechando también las discordias entre los distintos reinos musulmanes después de la muerte del califa almohade Abu Yacub Yusuf en 1124, tomó varias poblaciones de la zona del alto Guadalquivir, como Andújar, Baeza, Martos…

Córdoba, la esplendorosa y antigua capital del Califato, cayó en 1236. Las ruinas de la cautivadora Medina Azahara, ciudad palatina.

A partir de 1230, la unión de los dos reinos en uno solo bajo el cetro del rey Fernando III el Santo, trajo consigo una ofensiva militar sin precedentes por la Andalucía occidental. En 1231, los castellano-leoneses tomaron Cazorla; en 1232, Úbeda, Iznatoraf y San Esteban; en 1236, Córdoba, la esplendorosa y antigua capital del Califato; y en 1241, Lucena. Varios años después, en 1247, mientras el infante don Alfonso ocupaba el reino musulmán de Murcia, su padre Fernando III regresaba al reino de Jaén para terminar de someterlo y evitar que las continuas razzias que estaba llevando a cabo pusieran en peligro aquellas plazas ocupadas con anterioridad. Así, y tras una lucha encarnizada, en 1246 tomó Jaén, la capital del reino. Toda la campiña y la serranía cordobesa fueron ocupadas a continuación, preparando el camino hacia Sevilla. Por ese camino, una serie de poblaciones como Carmona, Lora, Alcalá de Guadaira, etc…, fueron cayendo con relativa facilidad, pero conquistar Sevilla, capital del Imperio almohade en Al-Andalus, se convirtió en una ardua tarea. Para la toma de Sevilla fue preciso llevar a cabo un doble cerco por tierra y por río. El cerco fluvial fue realizado por una escuadra naval al mando del marinero don Ramón de Bonifaz que, desde los puertos del mar Cantábrico y rodeando la parte occidental de la península, logró remontar el río Guadalquivir. El maestre de Santiago, don Pelay Correa, por su parte, desde tierra, sometió a la ciudad musulmana a un duro asedio. La acción conjunta de ambas fuerzas hizo que en el año 1248 Sevilla capitulara. A finales del mismo año, el rey don Fernando entró en la ciudad. Jerez, Medina Sidonia, Arcos de la Frontera y otras poblaciones de la zona de las Marismas y del Estrecho fueron las siguientes en caer. La Taifa de Niebla lo hizo en 1262, siendo ya rey de Castilla y León don Alfonso X el Sabio.

El conjunto de los edificios que forman los Reales Alcázares de Sevilla se construyeron sobre unas antiguas fortificaciones romanas, visigodas y musulmanas. Fernando III el Santo y después su hijo Alfonso X el Sabio las utilizaron como alojamiento real después de conquistada la ciudad.
El Alcázar Seguir de Murcia, entre almohade y nazarí, con sus arcos, su patio y su alberca.
En Lorca, los caudillos mussulmanes presentaron, no obstante, batalla a don Alfonso. El bello castillo de Lorca (Murcia).

Por lo que respecta a la conquista del reino de Murcia, ésta se realizó en unas circunstancias un tanto excepcionales. Una serie de problemas internos provocados por los caudillos locales y alentados por el propio emirato nazarí de Granada, llevó a las autoridades musulmanas de Murcia a firmar con los castellanos el tratado de Alcaraz en el año 1243. En virtud de este tratado, el rey de Murcia, Muhammad ibn Hud, se convirtió en vasallo de Fernando III y le entregó todas las fortalezas de su reino. Ese mismo año de 1243, el infante don Alfonso tomó posesión de la ciudad de Murcia de forma pacífica, aunque tuvo que enfrentarse en otras poblaciones, como Lorca, con los líderes locales que se negaron a aceptar el tratado. Don Alfonso obtuvo finalmente el control de la zona y, durante los veinte siguientes años, el reino de Murcia fue una especie de protectorado castellano. En 1264, siendo ya rey de Castilla y León don Alfonso X el Sabio (1252-1284), se produjo una revuelta de mudéjares por todo el sur de la península, una revuelta instigada tal vez por el reino de Granada y que en el reino de Murcia tuvo especial repercusión. Doña Violante, esposa de don Alfonso X el Sabio e hija del rey Jaime I de Aragón, pidió ayuda a su padre y éste envió a Murcia una fuerza militar al mando de su propio hijo, el infante don Pedro (futuro Pedro III el Grande). Restablecido el control sobre el reino de Murcia en 1266, se puso en marcha un proceso repoblador similar al del repartimiento aplicado con anterioridad en la Andalucía occidental. Este proceso de repoblación lo llevaron a cabo principalmente las autoridades castellano-leonesas, atendiendo a la firma de tratado de Alcaraz y, se produjo una fuerte castellanización de toda la región que abarcaba dicho reino. Los repobladores fueron, en su mayor parte, castellanos, pero hubo también un importantísimo contingente de aragoneses.

El día 25 de marzo de 1244 se firmó un importantísimo tratado entre el rey Jaime I el Conquistador y el infante don Alfonso de Castilla, que era, a la sazón, su yerno: el Tratado de Almizra. Por este tratado se establecían los límites que habrían de tener ambas coronas al norte del reino musulmán de Murcia, una zona que durante estos años estaba siendo asediada tanto por parte de las tropas aragonesas (conquista de Alcira en 1242), como de las castellanas (ocupación de la ciudad de Murcia en 1243). El celo por parte del infante don Alfonso de Castilla de que el avance en dirección sur de los ejércitos de su suegro terminase en una posible conquista aragonesa del reino de Murcia, hizo que éste intentara ganar mayor número de territorios al norte. A comienzos de 1244 los aragoneses sitiaban la ciudad de Játiva y Alfonso de Castilla trató, mediante un agente clandestino, de negociar con los musulmanes una rendición en su favor. Descubierta la treta, Jaime I ordenó la ejecución del agente castellano y, poco después, conseguiría tomar la ciudad musulmana. Sin embargo, don Alfonso, como represalia, se adueñó de una población (Enguera) que según el Tratado de Cazola del año 1178 no le correspondía, y Jaime I hizo lo propio con la localidad de Villena y otras poblaciones. Ante esta provocación, el infante castellano solicitó una entrevista con el rey aragonés, y ambos se reunieron en la población de Almizra (actualmente Campo de Mirra, al noroeste de la actual provincia de Alicante). Por este tratado quedó delimitada la zona sur por la que ya no se podría extender el reino de Aragón. La firma del Tratado de Almizra, juntamente con la del Tratado de Corbeil de 1258, firmado también por Jaime I el Conquistador, sería la razón por la cual la Corona de Aragón habría de buscar otras zonas de expansión en los siglos venideros, y la zona elegida fue el mar Mediterráneo.

  • EL TRATADO DE CORBEIL.
Louis IX o Saint Louis (1226-1270), rex Franciae.
La reina madre Blanca de Castilla, castellana de nacimiento e hija del rey Alfonso VIII de Castilla, fue la verdadera artífice de la supremacía de la Corona francesa sobre los territorios del sur de Francia.
Durante la Cruzada contra los cátaros, Louis IX de Francia (1226-1270) -gracias, sobre todo, a la iniciativa llevada a cabo por su madre, doña Blanca de Castilla, regenta del reino entre los años 1226 y 1234-, consiguió ocupar y conquistar las tierras del Languedoc, arrebatándoselas al conde de Toulouse, Raymond VII. El marquesado de Provenza -la Provenza situada al norte del río Durance- que pertenecía a los condes de Toulouse, pasó a manos de la Corona francesa convirtiéndose en el condado de Venaissin. Pero la Provenza del sur, es decir, el llamado condado de Provenza sobre el que el condado de Barcelona mantenía su influencia, cayó también bajo el control del reino de Francia durante el reinado de Louis IX. De hecho, Ramón Berenguer IV, conde de Provenza y de Forcalquier (y nieto de Alfonso II el Casto de Aragón), designó heredera del condado a su cuarta hija, Beatrice de Provenza, quien ocupó ese cargo en el año 1245. Pero al año siguiente, Beatrice contrajo matrimonio con Charles, conde de Anjou y Maine y hermano del propio rey Louis IX, convirtiéndose en marqués de Provenza y conde de Folcarquier (en 1265 se convertiría también en rey de Sicilia con el nombre de Charles I, 1265-1285).

La intromisión definitiva y efectiva del reino de Francia en el Languedoc y en la Provenza, hizo que el reino de Aragón y la casa de Barcelona perdieran sus posibilidades de influir en los asuntos políticos de toda la región del sur de Francia. Así las cosas, Jaime I de Aragón se vio obligado a firmar un pacto con Louis IX que ha pasado a la historia con el nombre de Tratado de Corbeil, por el cual el reino de Aragón renunciaba a todas sus pretensiones por los territorios del otro lado de los Pirineos y se establecía la frontera real entre los dos Estados. Este Tratado se firmó en mayo de 1258 en la ciudad de Corbeil (actual Corbeil-Essonne, en la región de Île-de-France) y, por él, el rey Louis IX cedió a Jaime I todos los derechos que el reino de Francia pudiera tener sobre las zonas o poblaciones enclavadas dentro de los condados de Barcelona, Urgell, Besalú, Roussillon, Ampurias, Cerdagne y Conflent, y Gerona y Aussonne. Una de las áreas sobre la que el rey francés perdía sus derechos era el condado de Roussillon, que limitaba al norte con la barrera natural de los montes Corbières y abarcaba casi toda la actual región francesa de los Pirineos Orientales -la actual comarca de los Fenouillèdes quedó, no obstante, integrada en el reino de Francia; de hecho, hoy en día, los Fenouillèdes son la única comarca o región natural de los Pirineos Orientales en la que no se habla el idioma catalán.

De la misma forma, Jaime I cedió a Louis IX todos los derechos que podía tener sobre la ciudad de Carcassonne y su región; sobre Razès y su entorno; sobre las ciudades y los vizcondados de Beziers, Minerve, Agde, Albi, Rodez, Cahors y Querci; sobre el ducado de Narbonne; sobre Puylaurens, Quéribus, Castelfizel, Sault, Fenouillet, Pierrepertuse, Millau, Gévaudan, Grézes, Nîmes, Toulouse, Saint-Gilles y, en fin, sobre todas aquellas regiones que se hallaban bajo la influencia y dominio del condado de Toulouse. Con el Tratado de Corbeil, pues, se realizaba un intercambio de territorios de manera que ningún enclave pudiera corresponder administrativamente a los dos Estados a la vez. Sin embargo, Louis IX no pudo conseguir del condado de Foix la plena integración dentro de su reino, puesto que su conde siguió rindiendo homenaje al rey aragonés.

  • JAIME I Y EL VALLE DE ARÁN.
Antigua iglesia de Viella, actualmen te en ruinas. En ella se celebraba el juramento del gobernador del territorio ante los personajes más ilustres del Valle de Arán.

En septiembre del año 1239, poco más de un año después de haber conquistado el musulmán reino de Balansiya (Valencia) a Zayyan ibn Mardanish, Jaime I se hallaba en Montpellier, la ciudad en la que había nacido treinta y un años atrás. Allí, el rey había recibido noticia de que los araneses se habían opuesto con firmeza a aceptar como señor de la región a un tal Guilhèn d’Entença. A este tal Guilhèn de Entença, personaje de alta alcurnia que se sospecha pariente del mismo Jaime I, el rey le había concedido en noviembre de 1220 la bailía que se extendía rivo de Garos usque ad rivos de Ros, en compensación por algún tipo de ayuda prestada en los difíciles primeros años de su reinado. Pero esta donación nunca había sido bien aceptada por los naturales de Arán, que consideraban a la familia Entença sin potestad para ejercer el gobierno en sus tierras, a pesar del gran prestigio que pudieran tener en la corte del reino. Por este motivo, y por el revuelo que se debió organizar en el año 1239, el propio Guilhèn d’Entença y Guilhén Bernard d’Entença se presentaron en la iglesia de Santa María de Medio Arán [26] y mostraron a un grupo de prohombres araneses las órdenes dictadas en su día por el monarca en virtud de las cuales éste hacía entrega a la familia Entença del señorío de Arán. La firme oposición, no obstante, de los araneses fue acogida por Jaime I como un signo de probadísima lealtad a la Corona y, en agradecimiento a ello, el rey, desde Montpellier, se dirigió por escrito a los habitantes de Arán mostrándoles su satisfacción por el hecho “de no querer recibir a otro señor que no fuera él”. Jaime I les prometió mantener el Valle siempre bajo su directa jurisdicción y les rebajó la cantidad estipulada en concepto de impuestos.

  • ÚLTIMOS AÑOS Y PARTICIÓN DEL REINO.

Los últimos años del reinado de Jaime I el Conquistador coincidieron con la Octava Cruzada, liderada, al igual que en la Séptima, por el rey Louis IX de Francia. En septiembre de 1269, Jaime I partió de Barcelona con su armada para dirigirse al puerto de Aigues-Mortes, una bastida portuaria situada muy cerca de Montpellier, que se había convertido en el punto de reunión y partida de las Cruzadas. No obstante, y debido a una fuerte tormenta que dispersó las naves aragonesas, y también, posiblemente, a un pacto firmado con el sultán hafsida de Túnez unos años atrás, Jaime I renunció a la Cruzada.

Los últimos momentos del rey Jaime I (1881), según un óleo del pintor impresionista Ignacio Pinazo.

En 1241, Jaime I procedió a realizar un primer reparto del reino, según la concepción patrimonial que se tenía en la época. Con ese reparto, su primogénito, el infante don Alfonso de Aragón y Castilla, recibiría el reino de Aragón y el condado de Barcelona, mientras que su hermano Pedro heredaría Mallorca, Valencia y Montpellier. Sin embargo, en el año 1243 nació Jaime y el monarca aragonés se vio obligado a rehacer su repartición inicial. Según esta nueva repartición, don Alfonso sólo recibiría Aragón; don Pedro, el condado de Barcelona, y don Jaime obtendría Mallorca, Valencia y Montpellier. Por último, en 1260 el infante don Alfonso desposó a Constance de Béarn, hija del vizconde Gaston VII de Béarn y de su esposa la condesa de Bigorre, pero tres días después, “entre los regocijos de su boda”, don Alfonso murió. El nuevo reparto se realizó en 1263 y según éste el infante don Pedro fue nombrado heredero de los reinos de Aragón y Valencia y conde de Barcelona, títulos que ostentaría a la muerte de su padre, acaecida en 1276, con el nombre de Pedro III el Grande; por su parte, su hermano el infante don Jaime se convertiría a partir de 1276 en el rey don Jaime II de Mallorca, conde Roussillon, conde de Cerdanya, señor de Montpellier y barón de Ompelas. Esta última repartición fue ratificada en el testamento definitivo que don Jaime I de Aragón mandó redactar en 1272. El día 27 de julio de 1276, el rey don Jaime murió en la localidad valenciana de Alcira, según la Crónica de Ramón Muntaner, escrita entre los años 1325 y 1332. Alcira era una villa que revestía gran importancia por ser la única por la que podía cruzarse el río Júcar y desde la que se podía realizar un exhaustivo control sobre un total de cuarenta y dos localidades, todas ellas situadas en las proximidades de la frontera sur del reino de Valencia. En Alcira, el rey don Jaime tenía una residencia oficial, la llamada Casa Real o Casa de la Olivera, y en ella pasaba largas temporadas. Don Jaime I, antes de morir, abdicó en favor de sus hijos y luego fue amortajado con los hábitos de císter. Tras esto, el cadáver fue trasladado a Valencia, la capital del reino, y de allí al monasterio de Poblet, en la actual provincia de Tarragona, donde fue enterrado definitivamente.

  • PEDRO III EL GRANDE DE ARAGON(1276-1285).
El rey Pedro III de Aragón, apodado el Grande, accedió al trono en 1276 con casi 40 años de edad y una amplia experiencia tanto política como militar.

El infante don Pedro de Aragón nació en Valencia en verano de 1240. Fue el segundo de los hijos de Jaime I, pero el primero de su matrimonio con doña Violante de Hungría. Siendo heredero segundo, el infante don Pedro fue favorecido en todos los intentos de reparto del reino gracias a la influencia de su ambiciosa madre. En 1251 doña Violante murió y la educación del infante se encomendó a algunos nobles que lo instruyeron en el uso de las armas, en las artes y en las letras. Seis años después (1257), don Pedro fue nombrado Procurador General de los condados de Barcelona, Gerona, Osona y Besalú, lo cual le permitió adquirir gran experiencia y peso político frente a su hermanastro don Alfonso (hijo primogénito de Jaime I y su primera esposa, doña Leonor de Castilla). Don Alfonso murió en 1260, y dos años después (1262) don Pedro fue nombrado heredero de los reinos de Aragón y de Valencia, así como del condado de Barcelona. En julio de ese mismo año 1262, el infante don Pedro contrajo matrimonio con doña Constanza de Sicilia, un casamiento que marcaría profundamente el futuro de su reinado, así como de las relaciones aragonesas con Francia y con la Santa Sede.

De su matrimonio con doña Constanza, nacieron seis hijos: don Alfonso (futuro Alfonso III el Liberal de Aragón y Valencia, y conde de Barcelona, 1285-1291), don Jaime (futuro Jaime II el Justo de Aragón y Valencia, y conde de Barcelona, 1291-1327), doña Isabel (que se casó con el rey Dinis I (o Dionisio I) de Portugal, 1279-1325), don Fadrique o Federico (futuro Federigo II de Sicilia, 1296-1337), doña Violante (que se casó con Robert de Anjou, rey nominal de Sicilia y Nápoles entre 1309 y 1343) y don Pedro.

Cuando murió don Jaime I en julio de 1276, Pedro tenía casi cuarenta años de edad y una amplia experiencia tanto militar como política. En el mes de noviembre se coronó rey en Zaragoza recibiendo la corona de manos del arzobispo de Tarragona, según mandaban los preceptos, pero rechazó la obligación de tener que jurar fidelidad al papa declarando solemnemente que la corona no la recibía de la Iglesia Católica. A continuación marchó al reino de Valencia para terminar con las revueltas musulmanas de la zona sur que se habían iniciado, según la Crónica del Rey en Pere, en el mes de junio de 1276, poco antes de la muerte de Jaime I. Así, en julio de 1277, el rey Pedro de Valencia asedió la fortaleza musulmana de Montesa, que cayó finalmente bajo su poder hacia finales de septiembre, dando por concluida la rebelión. Como expulsar a todos los musulmanes habría significado dejar totalmente despoblada la zona, don Pedro decidió que se expulsara solamente a los líderes de la rebelión.

Con el reino de Valencia pacificado, don Pedro marchó a las tierras de Cataluña donde todos sus barones, así como el conde de Foix, le habían manifestado su malestar por no haber convocado cortes en Barcelona tras su acceso al trono y al condado, y no haber, por tanto, confirmado sus privilegios, como todo buen conde de Barcelona habría tenido que hacer. Al final, estalló la rebelión nobiliaria. En la villa de Balaguer, que estaba situada a tres leguas de Lérida y pertenecía al conde de Urgell, se concentraron todos los barones de Cataluña con trescientos caballeros y seis mil hombres de a pie, con el propósito de “fer una gran cavalgada sobre la terra del rey”. Don Pedro marchó sobre la villa con quinientos caballeros, no sin antes pasar por Lérida y exigir a sus gentes que tomaran las armas y le siguieran. El rey y sus huestes sitiaron Balaguer y aún se les unió el ejército de su hijo don Alfonso, con más de tres mil hombres a caballo y cien mil de a pie (según la Crónica). Tras un asedio de siete meses, los barones se rindieron y fueron encerrados en las mazmorras de Lérida, para ser perdonados al año siguiente por el rey tras garantizarle aquéllos su lealtad para el futuro. El único de los barones que no lo hizo fue el conde Foix.

Por estas fechas (finales de los ‘70 del siglo XIII), don Pedro recibió de su hermano don Jaime, rey de Mallorca, un juramento de fidelidad reconociendo su autoridad sobre él mismo y sobre sus sucesores. Más tarde, don Jaime se aliaría con el rey de Francia y traicionaría este juramento con su hermano. Dentro del marco de sus buenas relaciones con los reinos de Portugal y Castilla, don Pedro dispuso el matrimonio de su hija doña Isabel con el rey Dinis de Portugal; y también reconoció al infante don Sancho, hijo del rey don Alfonso X el Sabio de Castilla, como heredero del mismo.

  • EL REINO DE SICILIA.
La isla de Sicilia fue la causa de las más sangrientas guerras europeas de finales del siglo XIII.

Finalizadas las acciones conquistadoras del rey don Jaime I por las taifas de Valencia y Denia y consumada la obstrucción ultrapirenaica tras la firma del Tratado de Corbeil (1258), el reino de Aragón buscaría tres áreas geográficas para su expansión: el Magreb, el Mediterráneo oriental y Sicilia. En el Magreb, Jaime I mantuvo unas relaciones pacíficas con el reino hafsida de al-Mustandir, en Túnez. Pedro III prosiguió con esa política de penetración económica en Túnez e, incluso, las milicias barcelonesas estuvieron al servicio del sultán. De hecho, en junio de 1282 una escuadra aragonesa de más de cien naves partió de Barcelona rumbo a Sicilia; pero antes, acudió a Constantina para ayudar a su gobernador, Ibn al-Wazir, que quería independizarse del sultán de Túnez y estaba dispuesto a reconocer la soberanía de Pedro III. Posteriormente, el almirante Roger de Lauria conquistaría varias islas de la costa tunecina y el dominio de la Corona de Aragón sobre la antigua Ifriqiya sería manifiesto. En cuanto al Mediterráneo oriental, los comerciantes barceloneses y aragoneses ya habían frecuentado los puertos de Alejandría y Tiro desde la segunda mitad del siglo XII y Jaime I había proyectado la creación de un reino pro-aragonés en la misma Palestina.

Pero el área de expansión aragonesa más importante por el Mediterráneo fue la isla de Sicilia, cuya corona cayó en manos de Pedro III el Grande el 30 de agosto de 1282. Sicilia había sido arrebatada a los musulmanes por el normando Roger de Hauteville a finales del siglo XI, pero finalmente acabó bajo la soberanía de Friedrich I, apodado Barbarroja (1155-1190), que fue el primer emperador de la dinastía Staufen. Éste realizó en 1186 una jugada maestra en su política exterior al casar a su heredero al trono, Heinrich von Staufen, futuro Heinrich VI (1191-1197), con la heredera de la corona normanda de Sicilia, Constanza de Hauteville, con la pretensión era unir definitivamente Sicilia al Imperio. Los Staufen, emperadores del Sacro Imperio y reyes de Sicilia, entraron en conflicto con el papado por este motivo ya que Sicilia estaba considerada por la Santa Sede como parte de su propio feudo. Friedrich II, el último representante de los Staufen, acabó haciéndole la guerra a Roma, a pesar de que con anterioridad (1220) el papa Inocencio III le había apoyado para que se convirtiera en emperador, y provocó una guerra civil en Italia entre los partidarios del papado (la facción de los güelfos) y los del emperador (los gibelinos).

A la muerte de Friedrich II (diciembre de 1250), la corona de Sicilia pasó a manos de su hijo Konrad (Corrado II de Sicilia, 1250-1254). Corrado II murió a los cuatro años tan solo de obtener la corona, pero en su corto reinado invadió Italia y conquistó Nápoles. Su hermanastro Manfred von Hohensatufen, que había luchado a su lado y había adquirido una fuerte autoridad sobre sus tropas, aceptó la regencia de su sobrino Corradino, pero en 1258 usurpó el trono y se convirtió en rey de Sicilia con el nombre de Manfredi. El papa Urbano IV (1261-1264), cuyo principal objetivo era impedir la expansión de los gibelinos por Italia, excomulgó a Manfredi y ofreció a Louis IX de Francia la corona de Sicilia, que se la entregó a su hermano Charles. En junio de 1265, Charles de Francia, marqués de Provenza y conde de Forcaldier, Anjou y Maine, fue nombrado rey de Sicilia. En la consiguiente guerra librada entre los dos candidatos al trono siciliano, Charles de Anjou venció a las tropas de Manfredi y entró victoriosamente en la ciudad de Nápoles en 1285, siendo coronado al año siguiente en Roma. Pero la situación aún era más complicada, sobre todo desde que en 1262 Jaime I de Aragón hiciera casar a su hijo y heredero, el infante don Pedro, con la heredera de Manfredi al trono siciliano, doña Constanza Hohenstaufen.

Manfredi murió en 1268 en una encarnizada batalla en el Benevento frente a las tropas de Charles de Anjou. Corradino ocupó el trono, pero posteriormente fue apresado por Charles y ejecutado. Charles de Anjou, convertido ya el en único rey de Sicilia como Carlo I (1266-1282), y apoyado por su hermano el rey de Francia, gobernó Sicilia con mano férrea e hizo prevalecer su supremacía naval por el Mediterráneo. Sus años de gobierno coincidieron con la cruzada de Túnez, en la que murió su hermano Louis IX de Francia (1270). El Pontífice Gregorio X (1272-1276) pronto empezó a recelar de Charles de Anjou, para el que Sicilia era un trampolín desde el que asaltar el Mediterráneo en su totalidad, Imperio bizantino incluido, y trató de pararle los pies. Pero en el año 1281, un eclesiástico francés amigo personal del rey Philippe III el Atrevido de Francia (1270-1285), fue nombrado papa con el nombre de Martín IV (1281-1285). Martín IV quiso reavivar los intentos de dominar el Imperio bizantino bajo el signo de las Cruzadas y llegó, incluso, a excomulgar al emperador de Bizancio. Charles de Anjou se convirtió en el brazo ejecutor de aquella política expansiva de la Iglesia Católica por Oriente y hacia la primavera de 1282 estaba preparado para dar el golpe definitivo. En marzo de ese año, en el puerto de la ciudad siciliana de Mesina se empezaron a concentrar enormes efectivos navales que esperaban la llegada desde Nápoles de otras naves con Charles de Anjou al frente, dispuesto a partir hacia Bizancio para invadir Constantinopla y deponer al emperador. Pero la expedición no llegó a salir de puerto, porque se produjo un suceso que truncó los planes del papa Martín IV y de Charles de Anjou. El suceso, inesperado para unos y perfectamente planificado para otros, ha pasado a los anales de la historia con el nombre de “Las Vísperas Sicilianas”.

  • LAS VISPERAS SICILIANAS.
Las Vísperas Sicilianas es el nombre de unos sucesos acaecidos en marzo de 1282 que desencadenaron toda una serie de conflictos armados en los que se vieron involucrados el reino de Aragón, el de Francia, el de Sicilia y la Santa Sede.

En Palermo, ciudad que había sido la capital del reino de Sicilia hasta que Charles de Anjou la trasladó a Nápoles, el lunes de Pascua del día 30 de marzo de 1282, justo en el momento en que las campanas de la iglesia del Santo Espíritu llamaban al oficio de las Vísperas, un grupo de personas armadas asaltaron a unos oficiales franceses y los asesinaron. La noticia del suceso, que tenía todas las trazas de ser una insurrección popular contra el opresor francés, corrió como la pólvora por toda la isla y los levantamientos populares se sucedieron, uno detrás de otro, sin descanso. En quince días, los rebeldes sicilianos tenían controlada toda la isla, a excepción de Mesina, que cayó hacia finales de abril. La flota que Charles de Anjou tenía preparada en el puerto de Messina fue totalmente destruida, y Charles, que no sabía a qué atenerse, se mantuvo prudentemente en Nápoles a la espera de ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Los sicilianos nombraron a sus líderes y solicitaron permiso al papa Martín IV para convertir a la isla en una República soberana al estilo de Génova, Venecia o Pisa, pero el papa francés, angevino por excelencia, les exigió que reconocieran a Charles de Anjou como su rey legítimo. Los sicilianos, que deploraban a los angevinos y su opresora política de elevados impuestos, se apresuraron a ofrecer entonces la corona de la isla al rey de Aragón, don Pedro III el Grande, en virtud de su matrimonio con la hija de Manfredi, doña Constanza Hohenstaufen.

  • LA GUERRA CONTRA LOS ANGEVINOS.
El 30 de agosto de 1282, Pedro el Grande desembarcó en el puerto de Trapani, en la costa oeste de Sicilia.

Pedro III el Grande, que durante los meses previos a estos sucesos había construido una fuerte flota con la que pretendía asegurarse el control del califato hafsida de Túnez, partió el 6 de junio de 1282 con una escuadra de más de cien naves del puerto de Barcelona rumbo a las costas de Túnez. Desde allí, y una vez que los rebeldes sicilianos se habían hecho con el control de la situación, se dirigió a Trapani, en la costa oeste de Sicilia, donde desembarcó el 30 de agosto de 1282. En pocos días, Pedro el Grande se adueñó por completo de la isla y las tropas de Charles se retiraron. La intervención del rey de Aragón en la revuelta de los sicilianos transformó los hechos y la situación derivó hacia una guerra europea cuyas consecuencias no eran, para nada, previsibles. El día 2 de septiembre, Pedro el Grande llegó a Palermo y prometió a los sicilianos el restablecimiento de los antiguos privilegios de que éstos habían disfrutado durante la época normanda y que los angevinos habían arruinado, siendo entonces aclamado por la población. Dos días después, en la Catedral de Palermo, Pedro III el Grande fue coronado rey de Sicilia con el nombre de Pedro I.

Martín IV, un papa francés francés amigo personal del rey de Francia y de Charles de Anjou, excomulgó a Pedro el Grande en noviembre de 1282 y, en marzo del año siguiente, lo desposeyó oficialmente de todos sus reinos.
La reacción del pontificado no se hizo mucho de esperar y el 9 de noviembre de 1282 Martín IV excomulgó a Pedro III y al emperador de Bizancio, a quien acusó de haber comprado al rey de Aragón para invadir Sicilia. Pedro III, sin embargo, prosiguió con su avance y para el mes de febrero del año siguiente tomó la costa de Calabria, en la Italia peninsular. Las consecuencias de estas acciones fueron nefastas para él, porque el 27 de marzo de 1283 el papa lo desposeyó oficialmente de todos sus reinos, que entregaría un año después al segundo hijo de Philippe III de Francia, que también se llamaba Charles (Charles de Valois). Y no sólo eso, sino que además organizó, bajo el mandato del rey de Francia, una Cruzada en toda regla contra el monarca aragonés.

Pedro III, debido a la más que inminente guerra con el reino de Francia y a sus problemas internos con un amplio sector de la nobleza aragonesa, decidió regresar a España, dejando al almirante Roger de Lauria en Sicilia. La nobleza de Aragón, a la que los elevados costes de la guerra de Sicilia estaban mermando su capacidad financiera, había amenazado con mantenerse de brazos cruzados ante una posible invasión de Francia. En Tarazona, una asamblea de nobles se reunió para exigir al rey unas reivindicaciones, tales como el mantenimiento de sus privilegios, una rebaja considerable de impuestos o la extensión de los fueros de Aragón al Reino de Valencia, que había de desaparecer como tal. Pedro III el Grande, ante la inminencia del ataque francés, se vio obligado a aceptar estas peticiones y en las Cortes celebradas ese mismo año en Zaragoza (1283) les concedió el llamado “Privilegio General”. Solucionado este espinoso asunto, Pedro III estaba en condiciones de tomar las medidas adecuadas para defenderse de Francia.

  • PHILIPPE III EL ATREVIDO DE FRANCIA (1270-1285).
Philippe III se ganó el apelativo de el Atrevido por su gran habilidad en los combates a caballo.

Philippe de Francia, hijo segundo de Louis IX, se convirtió en heredero al trono francés tras la muerte en 1260 de su hermano mayor, Louis. Ya como heredero, acompañó a su padre a Túnez (1270) y se convirtió en rey de Francia cuando, después de la toma de Cartago, el ejército francés fue víctima de una terrible epidemia de disentería y murió el rey. Entonces, en el mismo Túnez, fue proclamado rey de Francia con el nombre de Philippe III. Philippe no fue persona de gran carácter, pero se ganó el apodo de el Atrevido (en francés, le Hardi) por su habilidad en los combates a caballo. Se había casado en 1262 con la infanta doña Isabel de Aragón, hija de Jaime I de Aragón. Doña Isabel acompañó también a su esposo a Túnez, pero al regresar de la cruzada cayó de un caballo y falleció. Antes de morir, había dado a luz cinco hijos, entre ellos a Philippe -que sería rey de Navarra con el nombre de Felipe I (1284-1305) y rey de Francia con el de Philippe IV el Hermoso (1285-1314)- y a Charles -investido rey de Aragón por el papa Martín IV y fundador de la Casa de Valois-. Philippe III el Atrevido se casó posteriormente con Marie, hija del duque de Brabante, de quien nacería, entre otros, el futuro Louis, conde de Evreux.

La llegada al trono francés de Philippe III se produjo en un momento de fuertes conmociones políticas en Europa provocadas por la muerte del rey de Inglaterra Henry III (1216-1272), la finalización del Gran Interregno alemán con la designación de Rudolf von Habsburg (1273-1291) y las guerras de Sicilia, principalmente. Durante esta época, la mayor preocupación de las potencias europeas ya no eran las Cruzadas, sino los conflictos territoriales provocados por los heredamientos de los principales linajes nobiliarios. Philippe III mantuvo en el poder a los grandes consejeros de su padre, como el senescal Eustache de Beaumarchais o el chambelán Pierre de Brosse, y, promoviendo matrimonios ventajosos, concediendo interesantes herencias o consumando anexiones territoriales, trató siempre de ampliar los dominios de la Corona francesa y de fortalecer su autoridad. En 1271 incorporó a sus dominios reales los territorios que su tío Alphonse tenía en Toulouse, Poitiers y en parte de la Auvernia, así como el condado de Venaissin (norte de Provenza); en 1274 adquirió el condado de Memours; en 1283, los condados de Perche y de Alençon, y en 1284, el de Chartress.

  • EL REINO FRANCES DE NAVARRA.

Philippe III el Atrevido intervino en la política de Navarra al morir el rey Enrique I el Gordo (1270-1274). Este Enrique I fue hermano del anterior rey de Navarra Teobaldo II (1253-1270), quien, a su vez, era hijo de Teobaldo I (1234-1253), conde de Champaña y precursor de la dinastía de la Casa de Champaña en Navarra. Enrique I murió sin descendencia masculina y, consumada la práctica de respetar los derechos dinásticos de las hembras en ausencia de varón, su hija doña Juana ocupó el trono con el nombre de Juana I. Pero como doña Juana apenas tenía tres años de edad, su madre, doña Blanca de Artois, a la sazón sobrina de Louis IX, asumió la regencia. Doña Blanca juntó Cortes en Pamplona y nombró gobernador a un tal Pedro Sánchez de Monteagudo, señor de Cascante. Ante una minoría tan “apetitosa” como era la de Juana I de Navarra, el rey castellano don Alfonso X el Sabio aproximó sus tropas a la frontera con Navarra para tratar de negociar un matrimonio ventajoso. Doña Blanca, sin dudarlo apenas, cogió a su hija y sus pertenencias y marchó a la corte francesa para acogerse a la protección de su primo el rey Philippe III. Tanto Castilla como Aragón, que también tenía sus ojos puestos en el reino navarro, vieron así burladas sus pretensiones.

  • EL SENESCAL EUSTACHE DE BEAUMARCHAIS.

Influidas por el gobernador don Pedro Sánchez de Monteagudo, que siempre se había mostrado muy pro-aragonés, las diferentes facciones nobiliarias de Navarra se opusieron a esta acción de la reina madre. Se convocaron Cortes de inmediato y en ellas se declaró que nunca reconocerían como reina de Navarra a doña Juana si ésta no casaba con el príncipe don Alfonso de Aragón, nieto del rey don Jaime I. Ante esta firme amenaza de la nobleza navarra, Philippe III tomó la iniciativa y en 1275 (Tratado de Orleans) se proclamó regente del reino de Navarra hasta que la princesa doña Juana alcanzase la mayoría de edad. Un año después (1276), en Navarra estalló la guerra entre las facciones pro-aragonesas (representadas por Monteagudo) y las pro-castellanas (representadas por un poderoso caballero llamado García Almoraviz, el cual dominaba la ciudad del Obispo o Navarrería, uno de los burgos de Pamplona). El rey francés, para evitar que el conflicto fuese a mayores, envió sus tropas a Navarra bajo el mando de Eustache de Beaumarchais, senescal de Toulouse y colaborador de confianza, además de hábil guerrero. Beaurmarchais sustituyó a Monteagudo, pero la contienda entre las facciones continuó en lo que ha venido en llamarse la Guerra de la Navarrería, y no terminó hasta que el conde Robert II de Artois, hermano de la reina madre doña Blanca, con veinte mil hombres, entró en Pamplona y tomó la ciudad.

Convertida Navarra en un reino totalmente dependiente de la monarquía francesa, Francia se sirvió de él para intervenir en los asuntos políticos de la península Ibérica. Y lo hizo tanto en el conflicto sucesorio del reino de Castilla, apoyando a don Alfonso de la Cerda frente al infante don Sancho (futuro Sancho IV), como en el señorío soberano de Albarracín, apoyando a la casa del pro-castellano Juan Núñez de Lara, o en el reino de Aragón, intentando su debilitamiento después de la intervención de éste último en Sicilia y la proclamación de la Cruzada. Eustache de Beaumarchais, que gobernaba Navarra en nombre del rey de Francia, aun vulnerando claramente los Fueros navarros en lo concerniente al número de cargos extranjeros que podían ocupar la administración central, llenó con funcionarios franceses todos los puestos administrativos, haciendo aumentar el descontento entre la población.

En 1283, dentro de la estrategia de debilitamiento del reino de Aragón por parte de Francia, el gobierno francés de Navarra llevó a cabo un intento de invasión por la frontera oeste de Aragón. Desde Sangüesa, al mando de cuatro mil caballeros e infantes, Eustache de Beaurmarchais penetró en territorio aragonés hasta toparse con la fuerte resistencia del castillo de Ull, ubicado en la actual población de Navardún, en el mismo curso del río Onsella. Tras asaltar los arrabales y la barbacana del castillo, los franceses destruyeron la torre mayor del mismo y dieron muerte a la mayor parte de su guarnición militar. Conquistado el castillo, Eustache de Beaumarchais prosiguió su avance hacia el interior del reino de Aragón destruyendo y conquistando las villas de Bailo y Arbués, así como la de Berdún, cerca del río Aragón y a escasas jornadas de Jaca. Pero el rey de Aragón, que se encontraba cerca de Zaragoza en plena expedición militar contra el señorío de Albarracín, aproximó un fuerte ejército a la frontera con Navarra y, cortando a Eustache la retirada, hizo que éste no tuviera más remedio que poner rumbo a Francia a través del valle pirenaico de Canfranc.

  • LA INVASION DEL VALLE DE ARAN (1283).

Para Francia, poner en jaque permanente a las defensas aragonesas en los momentos previos a una invasión total tenía vital importancia, más aún, si con aquellas acciones militares conseguía que alguna parte del territorio aragonés cayera dentro de sus dominios reales. Así, a las pocas semanas de la incursión de las fuerzas franconavarras por Sangüesa, el senescal Eustache de Beaumarchais entró en Arán y lo anexionó literalmente al reino de Francia. El propio obispo de Comminges, Bertrand de Miremont se había encargado de realizar las diligencias previas. Hacia finales de octubre de 1283, convocó a los clérigos y a las autoridades aranesas para informarles de que el rey don Pedro III de Aragón había sido excomulgado por el papa y les exhortó a entregarse de manera pacífica al senescal de Toulouse. Los araneses, sin embargo, se negaron a aceptar tan gentil invitación y prefirieron mantenerse leales a su rey aragonés.

En los primeros días de noviembre de 1283, Eustache de Beaumarchais, al mando de unos 500 soldados, cruzó la frontera y llegó hasta la población aranesa de Les. Dicha población, la única de Arán que, para estas fechas, poseía jurisdicción señorial propia, la regía un tal Augèr de Berbedá, aliado personal de Eustache. Augèr cedió el castillo de la villa al jefe de los invasores franceses y permitió que sus huestes lo utilizaran como base de operaciones. Según algunos historiadores (Josep Lladonosa i Pujol, 1907-1990), estando las tropas francesas en el interior del castillo, un grupo de araneses contrarios a Eustache asaltaron el mismo y le prendieron fuego, pero a pesar de este y de algún que otro altercado, el territorio aranés quedó totalmente sometido al poder de Philippe III el Atrevido de Francia. Eustache de Beaumarchais, después de haber pacificado Arán, mandó construir una fortificación que se convirtió en la residencia oficial de los gobernadores franceses durante la ocupación. La fortificación, a la que se llamó con posterioridad Castèth-Leon, estuvo emplazada sobre un peñasco situado al noroeste del actual municipio de les Bordes, justo en la confluencia de los ríos Jòeu y Garona.

  • LA CRUZADA CONTRA EL REINO DE ARAGON.

En el mes de abril de 1283, cuando Pedro el Grande regresó a la península para solucionar los problemas con la nobleza aragonesa, su esposa doña Constanza y sus hijos don Jaime y don Fadrique marcharon a Sicilia. Éstos últimos tenían la misión de gobernar el reino. La defensa de la isla corrió a cargo del almirante Roger de Lauria (o de Llúria), un marino de origen italiano que ostentaba el cargo de almirante de la flota aragonesa. Roger de Lauria derrotó a una flota angevina en el puerto de Malta en junio de 1283, adueñándose del archipiélago. A continuación destrozó una poderosa escuadra que Charles de Anjou había concentrado en Calabria e hizo prisionero al hijo de éste último, el príncipe de Salerno (Charles II de Anjou), que la capitaneaba. Tras esto se hizo con el control de la isla de Ischia, en el Golfo de Nápoles, ya en junio de 1284. Tras la campaña terrestre que realizó el ejército aragonés y con la que pudo conquistar diversas localidades de la Apulia y la Basilicata, y con la ocupación por parte del almirante Roger de Lauria en septiembre de las islas tunecinas de Djerba y Kerkenah, la supremacía de la Corona de Aragón en el sur de Italia y en el Mediterráneo central se consolidó totalmente.

Roder de Lauria, marino de origen italiano, era almirante de la flota aragonesa durante el reinado de Pedro III el Grande.

Ante la frágil situación de Charles de Anjou en el sur de Italia, su sobrino Philippe III de Francia, con la ayuda del pontífice Martín IV, aumentó la presión sobre el reino de Aragón y le abrió un nuevo frente en la península. En Perpiñán, la capital del condado de Roussillon, tenía su residencia el rey de Mallorca don Jaime II (1276-1311), hermano de Pedro el Grande pero aliado incondicional de su cuñado Philippe III de Francia. Según la Crónica del rey en Pere de Bernat Desclot, Pedro el Grande, sospechando que su hermano estaba en connivencia con el rey francés para dejarle que sus ejércitos atravesaran el Roussillon de camino hacia Cataluña, marchó sobre Perpiñán, obligando al rey de Mallorca a huir de la ciudad y unirse al ejército cruzado. Finalmente, un ejército formado por las fuerzas de los reinos de Francia, Mallorca y Navarra, así como de la república de Génova y otros ejércitos cruzados que se sumaron a la campaña, todos al mando personal del propio Philippe III el Atrevido, trató de penetrar en la península por el collado de las Panizas (coll de Panissars), al tiempo que una escuadra francesa se aproximaba a la costa catalana con la misión de garantizar los suministros.

El paso pirenaico de las Panizas, situado en la misma Vía Augusta, estaba bien defendido por el ejército de Pedro el Grande y los cruzados no lo pudieron atravesar. El infante don Alfonso, hijo mayor de Pedro el Grande, preparó sus galeras y ordenó la arribada a las costas catalanas del almirante Roger de Lauria con su treintena de galeras. Además, se reforzaron las defensas por toda la zona del Ampurdán con las huestes nobiliarias de los condados limítrofes y con las Órdenes Militares del Temple y del Hospital. El sur del condado de Roussillon, en el que la población se opuso fieramente a los cruzados (y eso, a pesar de que era un territorio gobernado por el propio Jaime II de Mallorca), fue tomado por los cruzados después de encarnizadas luchas y múltiples matanzas. En junio de 1285, el ejército francés pudo, sin embargo, penetrar en Cataluña por otro paso situado en el condado de Ampurias (“hun pas qui es sobre la vila de Peralada”) y las fuerzas aragonesas decidieron retroceder hasta la ciudad de Gerona, donde trataron de hacerse fuertes. El 7 de septiembre la ciudad se rindió y fue ocupada por el senescal Eustache de Beaumarchais.

Pero poco tiempo después, las galeras de Roger de Lauria, recién llegadas de Sicilia, destruyeron casi por completo a la flota francesa en el golfo de Rosas, y los franceses, ante la consiguiente falta de suministros, hubieron de retirarse y no continuaron con su avance hacia sur. En su retirada sufrieron importantes reveses en Besalú y en el collado de las Panizas, donde muchos soldados franceses estaban afectados ya por una epidemia de peste. Entre los enfermos se hallaba el propio monarca Philippe III, que consiguió llegar a la ciudad de Perpiñán a principios de octubre, para morir unos días después (5 de octubre de 1285).

Muerte de don Pedro III el Grande, por el pintor catalán Claudio Lorenzale (1816-1889).

Después del fracaso de la invasión francesa, Pedro el Grande quiso castigar la traición de Jaime II de Mallorca y preparó una flota para invadir las Baleares. Pero en ese momento, cayó enfermo y encomendó la misión a su hijo don Alfonso. En el lecho de muerte, y en presencia del arzobispo de Tarragona y otros prelados y nobles, Pedro el Grande manifestó que si había atacado Sicilia había sido para defender los intereses de su propia familia y sin ninguna acritud hacia la Iglesia Católica. Sus palabras fueron interpretadas como que haría retornar Sicilia al papa y el rey don Pedro recibió la absolución, muriendo el día 2 de noviembre de 1285.

  • EL VALLE DE ARÁN BAJO LA SOBERANÍA DEL REY DE MALLORCA.
El reino privativo de Mallorca.

El fracaso de la cruzada contra el reino de Aragón en 1285 no significó la restitución del valle de Arán a la soberanía aragonesa. Al contrario, éste continuó en manos francesas durante algunos años más. Esto fue así hasta 1298, año en que se firmó un acuerdo en Argelès entre Philippe IV de Francia y Jaime II de Aragón mediante el cual se establecía que la soberanía de Arán pasara a ser detentada por un Estado neutral mientras continuaran las negociaciones entre Francia y Aragón para determinar a quién debía pertenecer el territorio aranés. La responsabilidad de gobernar el valle de Arán durante este período recayó en el reino de Mallorca.

La administración del rey don Jaime II de Mallorca - tío de don Jaime II de Aragón- fue beneficiosa para los habitantes de Arán porque sus gobernadores, entre los que destacó un tal don Pedro de Castelh, recuperaron las instituciones tradicionales aranesas y las respetaron. De hecho, a requerimiento de los propios araneses fueron confirmados los usos y costumbres del valle en noviembre de ese año 1298, por mediación del primer gobernador del reino de Mallorca, don Arnaldo de San Marcial.

  • DON JAIME II DE MALLORCA (1276-1311).

El cuarto hijo de don Jaime I el Conquistador y su segunda esposa doña Violante, se llamó Jaime, como su padre. En el primer proyecto de partición del reino (1244) recibió las islas Baleares, Valencia y Montpellier, pero en la segunda y, a la postre, definitiva partición, además de las Baleares, recibió Montpellier, Roussillon y Cerdaña. Unos años después, a la muerte de su padre en 1276, se convirtió en rey de Mallorca, conde de Roussillon y de Cerdaña, señor de Montpellier y barón de Ompelas. Don Jaime II de Mallorca había contraído matrimonio en 1275 con Esclarmonde, hija del conde Roger IV de Foix y vizconde de Castelbon, y de dicho matrimonio nacieron seis hijos, entre los que cabe mencionar a su sucesor don Sancho I de Mallorca (1311-1324). Aunque durante los tres primeros años de su reinado fue un monarca independiente de la influencia de cualquier otro reino, en 1279 firmó con su hermano don Pedro III de Aragón el tratado de Perpinán y pasó a rendirle homenaje, dejando al reino de Mallorca a merced, tanto política como económica, del de Aragón. De esta manera, el rey de Aragón pudo restablecer la unidad jurisdiccional de la Corona, la cual se había roto tras el testamento de Jaime el Conquistador. Para el reino de Mallorca, el tratado de Perpiñán significó la pérdida de su propia independencia, pues aunque mantenía a la monarquía como principal institución del reino, no tenía, por ejemplo, capacidad para organizar Cortes propias y, por lo tanto, carecía de capacidad jurídica. Sin embargo, tras la conquista de Sicilia por Pedro III el Grande en 1282 el rey de Mallorca vio la ocasión para deshacerse del vasallaje que le debía a su hermano y se alió con el papa y con su cuñado el rey de Francia, traicionando el pacto suscrito con su hermano unos años antes. Sin duda, la posibilidad de que Philippe III pudiera reivindicar como propios los territorios que había ocupado en el Roussillon con motivo de los preparativos para la invasión, llevaría al rey de Mallorca a tomar esta decisión.

  • EL REY DON ALFONSO III DE ARAGÓN (1285-1291).

Pero la invasión terminó en fracaso y Philippe III y sus huestes hubieron de retornar a Francia. Pedro III el Grande, para castigar la traición y la osadía de su hermano, envió a Mallorca su hijo, el infante don Alfonso, quien, sin demasiados esfuerzos, conquistó Mallorca en 1285 e Ibiza en 1286, y las islas volvieron a caer bajo la soberanía aragonesa. Al morir su padre a finales de 1285, don Alfonso se convirtió en rey de Aragón y Valencia y conde de Barcelona, con el nombre de Alfonso III. Después de ser investido formalmente en Zaragoza, don Alfonso III, a quien se le apodaría el Liberal o el Franco, emprendió una nueva expedición militar contra las Baleares, aunque esta vez para tomar Menorca, pues su reyezuelo, que había sido vasallo del reino de Aragón, se había aliado con Túnez y Francia y había convertido a la isla en un refugio de piratas que entorpecían el comercio y la conexión con Sicilia.

Alfonso III, en su corto reinado, tuvo que lidiar más con la diplomacia que con las armas para deshacerse de la presión constante a que le sometían los principales enemigos de su reino, que no eran otros que el Pontificado y el reino de Francia, sin olvidar a la propia nobleza aragonesa, que se había unido formando la llamada Unión Aragonesa. Ésta última, ante la ambiciosa política de expansión mediterránea de Pedro el Grande y sus hijos, se sentía totalmente desplazada de los ámbitos de poder de la Corona y, ya con anterioridad, había amenazado a Pedro el Grande y obtenido de él el Privilegio General (1283). Ahora, con Alfonso III, amenazaba con favorecer la entrega del trono aragonés a Charles de Valois. Tras unas Cortes celebradas en 1286 en Zaragoza y en Huesca, Alfonso III les concedió el Privilegio General de la Unión, que era una especie de confirmación y ampliación de sus fueros, usos y costumbres.

En Sicilia, el infante don Jaime, segundo hijo de Pedro el Grande, había heredado el trono y se había convertido en el rey Giacopo I de Sicilia. Giacopo, con plena independencia del rey de Aragón, gobernó Sicilia respetando su constitución y convocando Cortes en varias ocasiones, lo que le granjeó la admiración de los cronistas italianos de la época. Pero la guerra que mantuvo con los angevinos y el Pontificado por la soberanía de la isla fue su principal problema y el motivo que le valió la excomunión. Giacopo se sirvió de los almogávares y de sus principales almirantes (Bernat de Sarriá, Berenguer de Vilaragut y, sobre todo, Roger de Lauria) para continuar con la defensa de la isla, de modo que, en varias acciones militares, los aragoneses se apoderaron de las islas de Capri y Corfú y atacaron Calabria.

Así pues, con un reino de Sicilia envuelto todavía en una guerra oscura llena de turbios intereses, los Estados que se hallaban coaligados contra Aragón presionaban a Alfonso III para que éste se opusiera a su batallador hermano, don Jaime de Sicilia. Tras varias conferencias internacionales celebradas en París, Burdeos, Olorón y Jaca se llegó al Acuerdo de Canfranc en octubre de 1288 por el cual Alfonso III accedía a poner en libertad al príncipe de Salerno (Charles de Anjou), que aún se hallaba preso en Barcelona, y éste último se comprometía a entregar como rehenes a dos de sus hijos (Louis y Robert), así como una fuerte suma de dinero cifrada en 30.000 marcos de plata. Sin embargo, Charles de Anjou fue coronado rey de Sicilia por el papa Nicolás IV y los problemas no sólo no se terminaron de solucionar, sino que se agravaron más todavía, ya que su nombramiento como rey era simplemente nominal, pues el reinado sobre Sicilia lo estaba ejerciendo Giacopo.

  • EL TRATADO DE TARASCÓN (1291) Y LA MUERTE DE ALFONSO III.

Las fuertes presiones internaciones y los delicados problemas domésticos con la nobleza de Aragón y el reino de Castilla (con el que también se había enemistado al apoyar al infante don Alfonso de la Cerda frente a Sancho IV de Castilla), llevaron a don Alfonso el Liberal a firmar en 1291 el Tratado de Tarascón. Con este acuerdo, Alfonso el Liberal rescindía su compromiso con su hermano don Jaime y dejaba libre la actuación en Sicilia de los angevinos y del Pontificado. El papa levantó su excomunión y volvió a reconocer la soberanía del rey de Aragón sobre todos sus reinos, revocando así la bula de Martín IV. En junio de 1291, poco después de haber firmado el Tratado de Tarascón, don Alfonso III falleció en Barcelona de forma repentina. Como había contraído matrimonio por poderes (1290) con la infanta Eleanor, hija del rey Edward I de Inglaterra, y dicho matrimonio no se había llegado a consumar, Alfonso III murió sin descendencia. Su hermano don Jaime, rey de Sicilia desde 1285, accedió al trono aragonés y se convirtió en rey de Aragón y Valencia y conde de Barcelona, con el nombre de don Jaime II.

Don Jaime II de Aragón, hijo de Pedro III el Grande, convocando Cortes.

Coincidiendo con el reinado de Jaime II de Aragón, se produjo una intensa actividad diplomática entre Francia y Aragón que desembocó en el Tratado de Agnani del año 1295 y en el de Argelès de 1298. El de Agnani no terminó de arreglar los problemas que emanaban del volcán siciliano, pero preparó el camino para la solución final de los mismos (Paz de Caltabelotta, 1302). Sin duda, el conflicto entre los reinos de la Francia de Philippe IV (1285-1314) y la Inglaterra de Edward I (1272-1307), que habían entrado en guerra en 1294 como consecuencia de unos incidentes entre las flotas navales gascona y francesa -el rey inglés era titular, por herencia, de los ducados de Aquitania, Gascuña y Guyena-, tuvieron mucho que ver en la solución diplomática al problema siciliano y, por consiguiente, franco-aragonés.

  • EL TRATADO DE ANAGNI (1295).
El palacio del papa en la ciudad italiana de Anagni.

El 12 de junio de 1295, en Anagni, se firmó un tratado de paz que tomó el nombre de dicha localidad (Tratado de Anagni) y que ha pasado a la historia como uno de los más importantes tratados firmados entre dos o más naciones europeas después de algunos años de guerra total. Su principal precursor fue el papa Bonifacio VIII. Éste, que se llamaba Benedetto Gaetani, había nacido precisamente en Anagni, una villa italiana situada en la provincia de Frosinone, en el Latium, alrededor de 1235 y descendía de una familia hispana establecida en Italia (primero en Gaeta y después en Anagni) que había dado a la Iglesia nada menos que tres papas (Inocencio III, Gregorio IX y Alejandro IV). Benedetto estudió en Todi y en Espoleto, así como en París, y obtuvo el doctorado en derecho canónico y civil. Tras unos años de ejercer como canónigo en varias localidades, en 1265 acompañó al cardenal Fieschi a Inglaterra para tratar de apaciguar los ánimos entre el rey Henry III (1216-1272) y los problemáticos barones del reino. Posteriormente trabajó en la Curia sacerdotal como abogado consistorial y notario apostólico hasta que en 1281 se convirtió en cardenal, ya bajo la tutela del papa francés Martín IV. Durante este tiempo, se produjeron los graves sucesos de las Vísperas Sicilianas (marzo de 1282) y el cardenal Benedetto sirvió como legado papal en las relaciones entre Sicilia y Francia, lo que le permitió adquirir una enorme experiencia política y diplomática.

El papa Bonifacio VIII (1294-1303) fue el precursor del Tratado de Anagni, uno de los más importantes tratados de paz de todos los tiempos. En la imagen, un cuadro del papa pintado por Giotto.

Su importante e influyente labor entre las más altas esferas pontificias, y su reputación como el mejor jurista y uno de los más hábiles diplomáticos del momento, hizo que tras la renuncia voluntaria del papa Celestino V al solio papal (un hecho producido el 13 de diciembre de 1294 que no tenía precedentes en la historia del Pontificado) el colegio cardenalicio se fijara en él. Reunidos en el Castel Nuovo de Nápoles el día 24 de diciembre de 1294, los cardenales lo eligieron papa y Benedetto Gaetani tomó el nombre de Bonifacio VIII. A principios de 1295, Bonifacio partió hacia Roma con la intención de alejar al papado de la influencia de la corte de Nápoles, en aquel momento gobernada ya por el rey Charles II de Anjou (1285-1309), rey de Sicilia y de Jerusalén y conde de Anjou, Maine, Provenza, Forcalquier y Lesina, y ser coronado y consagrado en la misma Roma. La ceremonia se celebró el 23 de enero de 1295 en la basílica de San Juan de Letrán en medio de escenas de gran esplendor y boato protagonizadas por el rey de Nápoles y su hijo, Charles Martel, que era rey titular de Hungría. Investido ya como máximo representante de la Iglesia católica, Bonifacio VIII abordó sin demora los asuntos de Sicilia, un reino con dos monarcas legítimos, cuya problemática había sido abandonada por el Pontificado hacía ya unos cuantos años.

Mediante el Tratado de Anagni se acordó que el rey don Jaime II de Aragón contraería matrimonio con doña Blanca de Sicilia, hija de Charles II de Anjou. Doña Blanca fue coronada en Zaragoza un año después y de ella le nacerían a don Jaime II diez hijos, entre ellos el futuro rey don Alfonso IV el Benigno de Aragón (1327-1336); además, con este matrimonio el rey de Aragón recibiría una dote de 70.000 libras de plata. Con respecto al reino de Sicilia, se acordó que éste retornara a la Santa Sede. Ésta, que siempre se había considerado propietaria del mismo en su más estricto sentido feudal, se lo entregó a Charles II de Anjou, a quien también le fueron entregados los territorios conquistados en el sur de Italia por parte de don Jaime II (Giacopo I de Sicilia). Al mismo tiempo, se acordó realizar un intercambio de prisioneros entre los que, por supuesto, se encontraban los dos hijos de Charles II, que permanecían prisioneros en Barcelona. El Pontificado, por su parte, revocó la excomunión a don Jaime II y Francia aceptó renunciar a las donaciones realizadas en su día por el papa Martín IV en favor de Charles de Valois, que incluían todos los reinos de don Pedro III de Aragón. También se restituyeron las islas de Mallorca, Ibiza y Formentera a su antiguo dueño, don Jaime II de Mallorca, si bien bajo la tutela del rey de Aragón. Además de todo esto, se estableció que la Santa Sede tendría el arbitraje sobre el valle de Arán, que permanecía bajo la soberanía de Francia desde 1283.

Finalmente, dentro del Tratado existían otras dos cláusulas más, consideradas por algunos historiadores como secretas, aunque hay también quien considera que fueron acuerdos tomados con posterioridad. Por un lado, el Pontificado, para reconciliar a don Jaime II con la Iglesia y compensarle por la pérdida de Sicilia, le entregaría las islas de Córcega y Cerdeña, que eran feudos de la Sante Sede; por el otro, el reino de Aragón se comprometía a prestar ayuda a Francia para luchar contra el monarca Edward I de Inglaterra.

  • LA CONFIRMACIÓN DE LOS FUEROS DEL VALLE DE ARÁN (1298).

Durante el período de tiempo en el que el rey de Mallorca detentó la soberanía de Arán, tres fueron los gobernadores que administraron el poder en nombre de don Jaime II de Mallorca: don Arnaldo de San Marcial (1298-1307), don Pedro Bernat d’Asnava (1307-1310) y don Pedro de Casteth (1310-1313). Estos tres gobernadores, como se ha dicho al principio, gobernaron Arán respetando sus fueros y costumbres. De tal modo fue así que, una vez transferida la soberanía del valle al rey de Mallorca, una comisión formada por un grupo de personalidades aranesas, entre los que las fuentes mencionan a Pedro Derraz, Pedro Nitgi, Martin de Bovio, Bernardo Darro de Salarduno (Salardú), Bernardo de Petru e Isarno de Vilaco (Vilac), acudieron a Castèth-Leon y entregaron a don Arnaldo de San Marcial un documento que contenía los fueros de Arán para que éste último los aprobara y confirmara. Esto mismo ya había ocurrido en el mes de julio de ese mismo año cuando el valle de Arán estaba bajo el arbitraje de la Santa Sede; en esa ocasión había sido, sin embargo, el rey de Aragón, don Jaime II, quien los confirmara.

Las costumbres en cuestión consistían en que todos los habitantes del valle de Arán podían y debían gozar de los pastos y las aguas libremente sin ninguna servidumbre, así como pescar y edificar molinos. También podían utilizar los bosques y cazar en ellos, y apropiarse “tanto de nidos, halcones, austerones y las otras clases de aves”. Podían comprar y negociar en las plazas y mercados del Valle “sin leudos ni pedagios”, es decir, sin tener que pagar ningún impuesto o peaje, y podían “comprar y vender tierras, viñas, pastos, casas y todas otras posesiones” poniendo en prenda su propia casa y sin tener que rendir cuentas al dominus del territorio o sin que éste pudiera cobrarles o pedirles nada por esto. Las personas de fuera del Valle, aunque fueran nobles, no podían hacer ni recoger leña de los bosques sin la voluntad expresa de los propios araneses ni, por supuesto, llevársela fuera del territorio. Los naturales y residentes en Arán, podían, incluso, explotar las minas de hierro sin necesidad de tener que pagar servidumbre alguna al dominus.

Si algún “soldado, paje o infanzón, ya fuera extranjero, rústico o villano, hiriere a algún hombre del valle de Arán”, debía pagar una suma de dinero tanto al herido como a su familia a modo de indemnización, una cantidad que se acordaría en cada caso según el juicio de la curia del valle; en este caso, el dominus no podría pedir "calonía (sanción económica) o retener al vulnerador”, a no ser que así lo reclamasen el herido o sus familiares y amigos. Ahora bien, “si alguno del valle, sea cual fuere su condición, matase a otro dentro de dicho valle”, entonces, además de pagar la pertinente indemnización a los parientes y amigos de la víctima, tendría que prestar calonía al dominus de dicha tierra, “según los fueros de Aragón” -esto último, muy claramente especificado.

Por otro lado, ningún clérigo o seglar de Arán podía interponer demanda contra autoridad eclesiástica aranesa alguna ni contra ningún otro seglar fuera del territorio aranés, y toda controversia que pudiera surgir se debía esclarecer dentro del mismo valle. Asimismo, se establecía que un juez ordinario podía juzgar las causas y dictar sentencias en su propia villa según las costumbres patrias, pero si alguien presentaba reclamación ante el dominus de Arán, entonces el juez tendría que dictaminar la causa en el lugar que le señalase éste último.

Además, la curia en favor de la cual fueron aprobados y confirmados todos estos fueros y costumbres convenía en que todos los hombre de Arán debían estar dispuestos a acompañar al dominus del territorio “en ejército o en cabalgadura” por espacio de un día a sus propias expensas; sin embargo, si se hacía necesario que siguieran con él más de un día, entonces el propio dominus se haría cargo de ellos hasta que regresaran a su domicilio. Finalmente, la curia y diputación se comprometía también a mantener para el dominus de Arán “leudos o pedagios” en las villas de Solsost (Bossost), Velda (Viella) y Salerduno (Salardú), pero siempre a cuenta de los mercaderes de fuera de Arán y no de los hombres del Valle.

Se explica que todos los fueros y costumbres relacionados en el documento fueron aprobados por el propio Arnaldo de San Marcial en nombre del rey de Mallorca. Y añade:

“Y en fe de lo cual dicha curia y diputación por sí y por todos los del Valle de Arán, prometieron y convinieron dar, entregar y pagar al Sr. Rey de Mallorca o a aquel que fuese su Señor en el tiempo, un sextercio de trigo de cada casa u hogar de las predichas villas del Valle de Arán una vez al año, como se acostumbraba a practicar en los tiempos pasados, cuyo sextercio de trigo se llama sextercio real”.

Por último, el documento, que está recogido en el Archivo de la Corona de Aragón, Pergamino Nº 1154 del reinado de Jayme II, termina diciendo lo siguiente:

“Dado en 5 del principio de Noviembre, reinando D. Jayme Rey de Mallorca, siendo Obispo de Bertrand (Comminges) en el año 1298 Bertrand de Got después papa” -(el futuro Clemente V, 1305-1314). “Fueron testigos de este documento D. Francisco Blapat, Guillermo Blapat de Casarill, Ademario de Casarill, Romeo de Isona de la villa de Solsost, Benito Vinhari, Berenguer de Casamahin, servidores de Castro León. Giraldo Jahi de Caminelo y yo, Bernardo Jahi, notario público del Valle de Arán, que escribí dicho documento por aquisición e instancia de dicha curia y diputación y lo puse de forma pública y lo señalé con mi señal acostumbrada.”

[editar] Edad Moderna

[editar] Edad Contemporánea

[editar] Evolución demográfica.

[editar] El túnel de Viella.

[editar] Montañas de utilidad pública.

[editar] Actividad económica. Comercio y Turismo.

[editar] El Románico.

[editar] Fiestas locales.

[editar] Notas.

  1. Etymological Dictionary of Basque, Larry Trask, 2008, 2008)]
  2. Valle de Arán(Suiza española), José Bertrans Solsona. Con un prólogo del Exem. Sr. Don Severiano Martínez Anido. Talleres gráficos Castel, 1928.
  3. http://dialnet.unirioja.es/servlet/fichero_articulo?codigo=1278664 Jesús Martín de las Pueblas, Estudio Lingüístico de la Toponimia del Valle de Benasque.
  4. Antonio Ubieto Arteta, “Historia de Aragón. La formación territorial”, Anubar ediciones, Zaragoza, 1981. Libro digitalizado.
  5. El rey don Alfonso I fue llamado el Batallador porque en Espanya no ovo tan buen cavallero que veynte nueve batallas vençió, según la Crónica de San Juan de la Peña.
  6. Doña Urraca, reina de de León y Castilla, fue la hija de Alfonso VI el Bravo (1072-1109), rey que empleó el título oficioso de Imperator Totius Hispaniae. Por eso, Alfonso I el Batallador también lo empleó tras casarse con su hija, a pesar de que luego el matrimonio se anulara. De hecho, la Crónica de San Juan de la Peña habla del emperador para referirse a él.
  7. A la muerte del rey Ahmad ben Yusuf al-Mustain (1085-1110) en Tudela frente a las tropas del rey aragonés, la taifa hudí de Zaragoza pasó a manos de Abd al-Malik Imad al-Dawla (1110), quinto rey de la dinastía hudí. No pudiendo resistir el acoso tanto a que le sometían tanto los cristianos como los almorávides, al final Abd al-Malik tuvo que ceder y el reino de Zaragoza cayó en manos del gobernador almorávide Muhammad ibn al-Hayy, quien había sido también gobernador de Valencia.
  8. Zaragoza cayó en manos de los cristianos en el año 1118. Posteriormente lo harían Tudela y Tarazona en 1119 y Soria en 1120. Calatayud fue conquistada en 1121 y Daroca en 1122.
  9. “[…] Y así también, para después de mi muerte, dejo como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor, que está en Jerusalén, y a aquellos que lo vigilan y custodian y allí mismo sirven a Dios, al Hospital de los Pobres, que está en Jerusalén, y al Templo del Señor con los caballeros que allí vigilan para defender el nombre de la Cristiandad. A estos tres concedo todo mi reino, o sea, el dominicatus que poseo sobre toda la tierra de mi reino, así como el principatus y el derecho que tengo sobre todos los hombres de mi tierra, tanto los religiosos como los laicos […]”. Esto lo firmó Alfonso el Batallador en el mes de octubre la era 1169 (año 1131 de la era de Cristo, si descontamos los 38 años que tiene de más la era Hispánica).
  10. El día III de las idus de agosto (11 de agosto) del año 1137 de la Encarnación del Señor, Ramiro II firmó lo siguiente: “En nombre de Dios, yo Ramiro, por la gracia de Dios rey de Aragón, te doy a ti Ramón, conde de Barcelona y marqués, mi hija por mujer junto con todo el reino de Aragón, íntegramente, tal como mi padre, Sancho, rey, y mis hermanos, Pedro y Alfonso, lo tuvieron y retuvieron […] Y te encomiendo a ti todos los hombres del mencionado reino con homenaje y juramento a fin de que te sean fieles […] Y yo, el antes mencionado rey Ramiro, seré rey, señor y padre en el mencionado reino y en todos tus condados hasta que a mi me plazca”.
  11. A finales del siglo XIX, una historiadora británica llamada Kate Norgate escribió un tratado de dos volúmenes titulado England under the Angevine Kings, siendo la primera vez en que se denominaba “Imperio Angevino” al conjunto de los territorios que llegaron a gobernar los miembros de la dinastía de los Plantagenet, tomando el término del tradicional núcleo familiar de Anjou.
  12. Actualmente, Sant Bertrand de Comminges.
  13. Juan Reglá Campistol, Francia, la Corona de Aragón y la frontera pirenaica, Madrid, 1951.
  14. En algunas fuentes se habla del “Tratado de Emparanza”, dándole al hecho del acogimiento in patrocinium la categoría de la firma de un Tratado entre dos entidades soberanas, cosa que, en realidad, no ocurrió.
  15. De ahí proviene el término fogaje o fogueración -en catalán, fogatge-, que, en la Edad Media, era un censo que se realizaba por los fuegos u hogares que había en cada determinada unidad territorial. Formaban parte de un fuego todas aquellas personas que habitaban una casa y dependían, por tanto, de un pater familias. Este sistema censal se empleó mucho en la Europa feudal, y en la Corona de Aragón se instituyó como censo oficial a partir del reinado de Pedro II; en Castilla se usaba el fumazgo, que era, en realidad, lo mismo.
  16. Juan Reglá Campistol, Francia, la Corona de Aragón y la frontera pirenaica, Madrid, 1951.
  17. Alarcos era una ciudad fortificada –actualmente es un Parque Arqueológico- situada en la actual provincia de Ciudad Real, que fue destruida totalmente en la Batalla del 18 de julio de 1195 que se produjo entre las tropas cristianas de Alfonso VIII de Castilla y las del califa almohade Yusuf II. Su castillo, que en aquellas fechas estaba en período de remodelación, quedó completamente devastado y al interior de las fosas de cimentación de sus murallas, que aún estaban abiertas, los almohades arrojaron los cuerpos sin vida de los soldados cristianos a los que habían vencido, además de armas, pertrechos y otros enseres.
  18. http://www.derechoaragones.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?posicion=241&path=1457&forma=&presentacion=pagina.
  19. La bailía era una división de los territorios realizada por la autoridad real aragonesa.
  20. El primer matrimonio de Marie de Montpellier fue con el vizconde Raymond Geoffrey de Marsella, llamado también Barral.
  21. Philippe II Auguste, sucedió en 1180, a los quince años de edad, a su padre Louis VII como rey y gobernó hasta su muerte en julio de 1223. Cuando llegó al poder, Philippe II era, más bien, el rey de la Isle de France, una región que se correspondía con la ciudad de París y su territorio de influencia, pero al finalizar su reinado, toda Francia estaba prácticamente unificada. Conquistó Tournai al condado de Flandes en 1187 y participó en la Tercera Cruzada junto con Richard I de Inglaterra (Ricardo Corazón de León), regresando a Francia después de la caída y capitulación de Accra. Tras la muerte del conde Philippe de Flandes en 1197, tomó el control sobre Artois y Vermandois y fue candidato al trono imperial. A John I de Inglaterra le arrebató Normandía en 1204 y en 1214 derrotó a una coalición formada por Flandes, Inglaterra y el Sacro Imperio en la famosa Batalla de Bouvines. Philippe II es uno de los monarcas medievales europeos más admirados, no sólo por sus importantes victorias militares sino, también, porque supo recuperar el prestigio de la monarquía e implantar un nuevo orden feudal presidido por la corona.
  22. John I de Inglaterra fue hijo de Henry II de Inglaterra y hermano y sucesor de Richard I Coeur de Lion. Fue rey de Inglaterra entre los años 1119 y 1216 y, tradicionalmente, ha sido considerado como uno de los reyes más desastrosos de la todos los tiempos. En su propio reino se ganó el apodo de Bad King John, y en Francia, y también en España, se le conoce como Jean sans Terre o Juan sin Tierra. William Shakespeare escribió la obra The life and Death of King John en la que se presenta al rey inglés como muy independiente de los deseos e intereses del Papa.
  23. El rey Louis IX fue el primer monarca francés que se tituló Rex Franciae, en lugar del tradicional Rex Francorum con que se titularon todos los reyes precedentes.
  24. Fernando III el Santo, fue hijo de doña Berenguela de Castilla y don Alfonso IX de León. A la muerte de don Alfonso en el año 1230, el reino de León se incorporó definitivamente a la corona de Castilla. Alfonso IX había legado el reino de León a sus dos hijas, doña Sancha y doña Dulce, pero los castellanos reclamaron los derechos sobre León y, tras un pacto con las hijas del monarca leonés, que incluía una cesión de tierras, se firmó el Tratado de Valencia de Don Juan. Castilla y León volvieron a quedar unificadas, aunque conservando cortes, leyes e instituciones diferentes.
  25. la definitiva conquista de la isla de Menorca se realizaría en 1287, con Alfonso el Liberal, nieto de Jaime I.
  26. En esta iglesia se celebraba el juramento del gobernador y sus asesores por el que éstos se comprometían a respetar y guardar los privilegios y libertades de los araneses, en presencia de los prohombres del Valle de Arán.

[editar] Referencias en Internet

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http://fr.wikipedia.org/wiki/Ch%C3%A2teau_de_Monts%C3%A9gur

[editar] Bibliografía

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[editar] Enlaces.

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